Dos periodistas asaltadas por una turba enfurecida, desprovista del arma fundamental (y tautológica) que se le presupone al ser humano: humanidad. Dos compañeras de profesión humilladas por la voluntad mostrenca de la masa, por la ignorancia de quienes se aferran a tradiciones mal asimiladas para justificar la violencia. Dos personas trabajando desprovistas a golpetazos de su libertad ante la permisividad tibia de la autoridad, tan vil, despreciable, ignorante y tan escasamente cualificada para hacer lo único que tendria que hacer: atajar los golpes de ira del vulgo, la avilantez extrema de la sinrazón (humana).
En el Puig se vivió el pasado domingo 29 de enero un episodio áspero, rancio, insolente, necio, vulgar, abrasivo, salvaje. Un grupo numeroso de personas arremetió contra dos periodistas que daban cobertura informativa a las fiestas del lugar y al episodio concreto de unas ratas utilizadas como apoyo de una diversión secular. Pero los allí presentes se olvidaron de esa presunta tradición y magrearon, menearon, tiraron de los pelos, golpearon, desarmaron y privaron de sus materiales de trabajo a dos periodistas. "Un pequeño incidente", a juicio del primer edil del municipio.
Triste, doloroso lo de este país. Porque a mí también me duele España, Unamuno.
¿Es ésto una sociedad madura?, ¿atravesamos por una crisis económica o por una profunda crisis social? Menos mal que todavía quedan personas buenas. Chapeau, Marga Ferrer. Chapeau, Laura Garsando.
Foto: F. Martínez
El blog de Óscar Delgado Barrientos
Reconstrucción de momentos
martes 31 de enero de 2012
Ratas
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jueves 29 de diciembre de 2011
Redacciones
La redacción de un
periódico es un lugar de trabajo, una minisociedad de roles, un hábitat de
microclima dispar identificable por rasgos evocadores como el sonido de los
teclados aporreados desde la concentración silenciosa del conglomerado de
autores que dan vida a los textos, a las noticias, a los artículos, a las
maquetas, a las páginas…
La redacción de un
periódico es una plaza, una lonja, una subasta de contenidos ordenados bajo
la premisa de la jerarquía, de la voz de mando y del imperativo publicitario;
que de buena mañana luce el aspecto impaciente de respaldos de sillas vacías y
frías, dispuestas en la posición caprichosa dejada por sus ocupantes la noche
anterior. Una rueda de prensa, una entrevista, una cobertura especial suelen reclamar
la presencia matutina de los plumillas. Franja horaria de redacción
desguarnecida, de tensión sostenida, de previsiones, de gestiones, de
esparcimiento informativo.
La redacción de un
periódico es una cuenta atrás, una espada de Damocles de nombre ‘cierre de
edición’ que sobrevuela las conversaciones, las anécdotas, las preocupaciones,
las divagaciones, las conjeturas, los silencios, las carcajadas, los cotilleos
y los imprevistos de la actividad programada de los redactores.
La redacción de un periódico
huele a guión de película recién escrito, a tinta seca, a oxígeno de disco duro
respirado, a letras que escriben el paso del tiempo y a periodismo tradicional*.
*Dícese de la vertiente de la
profesión periodística que está en peligro de extinción porque sus actores
principales o cúspides de las jerarquías redaccionales se empeñan a condenar al
ostracismo por una absurda inoperancia a la hora de enfrentarse a los nuevos
soportes y formatos para seguir ejerciéndola con la misma dignidad, como mínimo,
durante un siglo más.
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martes 29 de noviembre de 2011
En el autobús (terminal)
Suena el sorteo de la lotería. Debe de ser el único
conductor de autobús que sintoniza todos los sábados Radio Nacional para vivir
el azar de sus décimos en directo. Esperemos que no suelte las manos del
volante para apuntar las terminaciones del consuelo. Porque el primer premio
parece que esta semana tampoco le ha tocado y menos mal –pienso mientras una
gota de sudor se entremezcla a una velocidad respetable entre la nuca y el
jersey de lana virgen con el que sudo en invierno-.
A mi lado acaba de sentarse un señor que anula con sus
alaridos el hilo radiofónico del azar. Habla por teléfono para que todos sepamos
que lo hace. Grita órdenes, ¿habrá alguien al otro lado? –me pregunto-. Quizá
no se haya dado cuenta de que molesta o más bien un raro afán de protagonismo
le ha empujado a dar la nota por encima de los dimes y diretes que arrastran hashtags hablados de crisis y más
crisis. Termina la conversación. Ha pulsado el botón rojo de colgar
cerciorándose antes, con un golpe de mirada a izquierda y a derecha, que más de
tres personas asisten a su representación imaginaria de la indignación.
“La vida se está poniendo muy mal, a ver qué hacemos estas
navidades”. Frenazo brusco. La terminación de la lotería puede haber coincidido
con las dos o tres últimas cifras de alguno de los veinte décimos del
conductor. No, el semáforo se ha puesto en rojo y un peatón le recrimina por no
estar atento a las señales de tráfico. “La lotería es la lotería” –habrá
pensado resignadamente-. Quedan apenas unos metros para la última parada. Pero
los recorremos a ritmo de autobús de miniatura en la gran ciudad, de cochecito de
niño en el pasillo de casa, de click amenazado por las patas de un animal
doméstico.
“Bajen señores, que no tengo todo el día”. O sí, me digo mientras
recibo dos empujones y me clavan un codo en la columna vertebral para salir al
espacio contaminado del centro de la urbe. A comprar. Me da un décimo para
Navidad. La terminación… me da igual.
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martes 25 de octubre de 2011
Maldito silencio
Cuando en 1990 Depeche Mode consolidó su música de masas
gracias a Violator, lo hizo, entre otros factores, por la canción ‘Enjoy de Silence’, un alegato cantado a favor de las bondades del silencio, ese bien
preciado que en los tiempos que corren hemos dejado de valorar.
Estamos acostumbrados a convivir con el ruido que, por capas
superpuestas, penetra en nuestra cotidianidad como aguja hipodérmica, sin
enterarnos, así de sencillo. Un avión pasa sobre nuestras cabezas mientras un
taladro hace de las suyas contra la acera adoquinada de la calle; una florista
grita las bondades de sus claveles a la vez que un vecino altera el paseo de un
interlocutor apostado veinte metros más allá, en la otra acera, a siete coches
de distancia, unos cuantos “¡permiso!” y algún que otro claxon tímido que pide
paso entre la jungla de asfalto; suena el teléfono porque alguien ha dejado un
tweet en menciones y el butanero golpea las bombonas para alertar de que ya
está en el barrio…
Entre estas estrecheces auditivas, por lo estruendosas e
indefinidas que permanecen en la inconsciencia desde la que las percibimos,
avanzamos día a día, acomodados en el ritmo de timbales urbanos hasta que, por
destino del azar, llegamos a un lugar aparcado en la prehistoria del siglo XX,
el de las tradiciones ancestrales, el del ruido a precio de susurro, el de
pueblo con olor a caca de vaca y a leche de oveja cuajada, el de aperos de
labranza aparcados porque nadie sabe utilizarlos hoy, el de qué dirán mientras
transitas por calles nocturnas vacías por fuera, cotillas por dentro.
Tengo que parar de escribir este post porque lo hago desde
uno de esos destinos privilegiados y las teclas están molestando al gato que
dormita sobre mis pies. Silencio.
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Óscar Delgado
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