lunes, 13 de febrero de 2017

Un mercenario de serie neutral

En ‘Falcó’, Arturo Pérez Reverte practica un entretenido ejercicio literario que testimonia el pasaje inicial de la guerra civil española desde los ojos de un mercenario que viaja de uno a otro bando sin escrúpulos.

Pinceladas crudas, armas de guerra que podrían haber salido de la colección de Javier Marías y una trama vívida, ayudan a entender el poco valor de la vida, la mentira de la conspiración, la fragilidad de las lealtades y la identidad entre personas enfrentadas por una confluencia de intereses creados.

Recordamos a Javier Marías en pasajes de lectura de la obra, por su afición a las armas como coleccionista ilustrado por Pérez Reverte; pero también a Francisco Umbral, cuando en su Leyenda del César Visionario describía a su manera la fragilidad interesada entre franquistas y falangistas y de cómo éstos estorbaban a los primeros por el poder. A codazos. El autor lleva esa fragilidad al contexto de los primeros compases de la contienda, en la Cartagena, en el Alicante y, por supuesto, en la Salamanca de 1936, la misma ciudad charra que Umbral utilizó como morada para su particular César; la capital administrativa de la incipiente dictadura y de la vida paralela para los que no combatían pero mandaban, para los que traficaban y cerraban negocios mientras la gente se mataba; la que vivía noches de salón mientras el toque de queda se hacía manifiesto.

Ésa es la Salamaca que enmarca las aventuras de Lorenzo Falcó, un tipo curtido en mil batallas, mujeriego, intuitivo, suertudo y neutral mientras su cuello esté en juego. Un personaje que recuerda también a alguno de los anticipadores de comportamientos propios de la semántica del Tu rostro mañana, del autor mencionado al principio de esta reseña. Especialmente detectado en el papel del espionaje en la novela y de un “no debería uno contar nunca nada” en contextos de contiendas tan cruentas como chapuzas, como la protagonizada por quienes no se ensuciaban las manos en la trinchera y basaban sus operaciones en el rumor, en la mentira, en la verdad contada o en el aparato del espionaje. Un sermón muy bien reflejado en ‘Falcó’ en los dimes y diretes de salón, en grandes hoteles de servicio secreto, en capitanías, y comandancias de policía en las que se despliega el entramado del quién es quién en la trama.

Con ‘Falcó’, Pérez Reverte renueva la fidelidad de su ya de por sí legión de lectores fieles e infleles y garantiza el inicio de otra serie de éxito con un Lorenzo Falcó que promete competir en popularidad con el Capitán Alatriste. El cartagenero apela a su sobriedad escritora, a su capacidad de documentalista y a la agilidad novelesca de una trama que hace caminar al lector con avidez hacia el desenlace. Un desenlace que abre, como se ha dicho, la puerta a muchas más aventuras de multicolores y facturas desde el prisma del espléndido aislamiento que le brinda la ficción. Un parapeto de neutralidad desde el que Pérez Reverte eparte flema por igual, quizás por aquello de que, como el propio autor indicó en una entrevista promocional en Papel, “hubo cunetas en los dos bandos […] Cuidado con los abuelos, porque muchos estuvieron matando gente, porque no todos fueron héroes”.

Aunque los hechos no coincidan necesariamente con el relato histórico de los acontecimientos del momento que recoge la trama se le nota al autor que sabe disfrutar con el malencarado de su protagonista y contagia una suerte de simpatía –también neutral- al lector. De fondo, nos queda el enamoramiento hacia Eva Rengel y su más que disciplinado sentido del amor ejecutor, como brazo armado de una novela que ya pide paso a la segunda entrega de Falcó. Fechorías claras, concisas, directas, bélicas, antiaéreas, sin tuits.

sábado, 13 de febrero de 2016

Para ti


Por la mañana me mantienes despierto, por la noche arrinconas mi estrés y lo meces como madraza experimentada hasta dibujar la telaraña que nace de la duermevela. Tienes el pelo ondulado, tu voz es cantarina, aunque también susurrante, confidente, embriagadora, dulce, dormilona. Frunces el ceño, o no, ya no sé si es que la edad te ha dejado el legado de esas arrugas forjadas en mil batallas, de las que siempre sales victoriosa con el mismo uniforme, sin el titular de la tele, carente de los caracteres de un tuit, incluso del traje de etiqueta que visten esas otras primas hermanas que siempre te quieren encasquetar como enemigas. Pero no, tú estás por encima de todas esas identidades, respetas y convives con ellas sin cambiar tu estilo, bajo el mismo look de inocente, con el tintineo de la sintonía, ahora más digital, antes analógica, aunque siempre al tanto de lo que acontece. Porque eres una elegante difusora de tendencias, informadora compulsiva, siempre estás a la última (hora), incluso antes del que piula. Tu fórmula también es musical. Y bailas, pinchas discos sin parar; y entrevistas, comparas, estudias. Y sueñas con la magia de la omnipresencia; al volante, en la ducha, en el móvil, en la tableta, en el trabajo, en la calle, allí y acá.

Felicidades, querida.
Hoy pones tú el dial.

#DíaMundialdelaRadio

martes, 18 de agosto de 2015

Vaivén

Foto: Marga Ferrer
Despiertas y buscas un nuevo desayuno. Te acuestas y no duermes porque piensas en todo lo que te queda por hacer al día siguiente. En la siesta, practicas ‘duermeveling’ sin arnés y, cuando el silencio de la plaza encalada te despierta, pides chocolate negro, por eso de que los expertos dictan que el dulce apetece cuando menos lo deseas.

Envejeces porque coqueteas con episodios de insomnio que alquilan pistas de tenis para jugar sin raquetas ni pelotas con ese conticinio que sólo entienden los gatos. Y, en el tercer tiempo, desembarcas en unidades del sueño capaces de sondear los edredones del cerebro hasta diagnosticar algo. Porque la ciencia investiga y diagnostica.

Porque la mochila de las sensaciones, hermanas de las emociones –ni tan fuertes, ni tan frecuentes- se encuentra un buen día a lomos del escáner que todo lo ve. Detecta hasta las zetas de descanso, aprisionadas en bolsas asépticas, transparentes, frías, con cierre isotérmico, desnudas, controladas, manipuladas sin tacto (real).

Despiertas y flotas en café. Sigue.