sábado, 13 de febrero de 2016

Para ti


Por la mañana me mantienes despierto, por la noche arrinconas mi estrés y lo meces como madraza experimentada hasta dibujar la telaraña que nace de la duermevela. Tienes el pelo ondulado, tu voz es cantarina, aunque también susurrante, confidente, embriagadora, dulce, dormilona. Frunces el ceño, o no, ya no sé si es que la edad te ha dejado el legado de esas arrugas forjadas en mil batallas, de las que siempre sales victoriosa con el mismo uniforme, sin el titular de la tele, carente de los caracteres de un tuit, incluso del traje de etiqueta que visten esas otras primas hermanas que siempre te quieren encasquetar como enemigas. Pero no, tú estás por encima de todas esas identidades, respetas y convives con ellas sin cambiar tu estilo, bajo el mismo look de inocente, con el tintineo de la sintonía, ahora más digital, antes analógica, aunque siempre al tanto de lo que acontece. Porque eres una elegante difusora de tendencias, informadora compulsiva, siempre estás a la última (hora), incluso antes del que piula. Tu fórmula también es musical. Y bailas, pinchas discos sin parar; y entrevistas, comparas, estudias. Y sueñas con la magia de la omnipresencia; al volante, en la ducha, en el móvil, en la tableta, en el trabajo, en la calle, allí y acá.

Felicidades, querida.
Hoy pones tú el dial.

#DíaMundialdelaRadio

martes, 18 de agosto de 2015

Vaivén

Foto: Marga Ferrer
Despiertas y buscas un nuevo desayuno. Te acuestas y no duermes porque piensas en todo lo que te queda por hacer al día siguiente. En la siesta, practicas ‘duermeveling’ sin arnés y, cuando el silencio de la plaza encalada te despierta, pides chocolate negro, por eso de que los expertos dictan que el dulce apetece cuando menos lo deseas.

Envejeces porque coqueteas con episodios de insomnio que alquilan pistas de tenis para jugar sin raquetas ni pelotas con ese conticinio que sólo entienden los gatos. Y, en el tercer tiempo, desembarcas en unidades del sueño capaces de sondear los edredones del cerebro hasta diagnosticar algo. Porque la ciencia investiga y diagnostica.

Porque la mochila de las sensaciones, hermanas de las emociones –ni tan fuertes, ni tan frecuentes- se encuentra un buen día a lomos del escáner que todo lo ve. Detecta hasta las zetas de descanso, aprisionadas en bolsas asépticas, transparentes, frías, con cierre isotérmico, desnudas, controladas, manipuladas sin tacto (real).

Despiertas y flotas en café. Sigue.

miércoles, 24 de junio de 2015

La revisión



Revisar implica echar una mirada atrás. La intención del gesto depende de quien la protagonice. Si me aplico el cuento y lo particularizo en esta bitácora, me jode no encontrarme en el mundo del tópico, en ese que mece la cualidad del blog abandonado y de la consiguiente elevación pública del reconocimiento a partir de la hipotética voluntad de desoxidarlo. Y sigo escribiendo y las letras se trastabillan por permanecer en la ola de lo masticado, del molde, del no tengo tiempo, del nunca me acuerdo de escribir, del bastante tengo con juntar un puñado de segundos hasta convertirlos en minutos de lectura, de las ideas que están masacradas por las obligaciones, del pienso menos y existo cada vez más o del escurro excusas bajo la forma de un post para parecer distinto y nada más (lejos).

Frustra retener en tu huella digital tamaña mochila de reflexiones compartidas en tiempos de escasa efervescencia social (media). Porque quien más, quien menos, tiene el ego del que expone para ser visto, leído, analizado, criticado o vilipendiado.  Si la gente no tuviera a quién contarle una experiencia, experimentaría menos.

Qué más da. La cuestión pasa por aprender de la revisión. Yo lo he hecho. He dedicado unos minutos a rescatar al azar entradas publicadas entre 2007 y 2008 y me ha gustado. Y, como el carro de los tópicos se ha desparramado ya a estas alturas del post, en pleno tercer párrafo, obvio los buenos deseos de retomar la constancia escritora, de prometer que desde esta misma palabra podréis encontrar recurrencia de desconexión lectora. Me niego porque el tiempo no entiende de promesas.