domingo 22 de noviembre de 2009

El reencuentro

No supo cómo quitarse de encima la interpretación que su mejor amigo, al que no veía desde hacía trece años, hizo de su persona. El tiempo había trabajado en cada uno de ellos de forma castigadora, pero más físicamente que con otras de las cualidades susceptibles de ser baremadas en el reencuentro.

Estaba triste, había dejado de ser el confidente de aquel gnomo barrigudo con el quedó una tarde de abril. Se había convertido en sombra de lo que fue y el caperuzo simbólico de los prejuicios que lo encerraban se cebó con la visión distorsionada que delataba la falsedad de su comportamiento. Lo vio reflejado en los ojos vidriosos que lo examinaron, bailadores de twist a cada golpe de palabra compartida; cumplidos y más cumplidos en una bañera sin tapón.

Había cambiado, pero no lo suficiente como para que él sintiera las punzadas de aquella visión maléfica de su proceder. Si por algo se caracterizaba era, precisamente, por ese sexto sentido que le permitía reconocer a las personas y a sus amigos de forma especial. Olía comportamientos, intuía cómo era visualizado por otros ojos, leía la información que procesaba quien caía en la injusticia de interpretarle como lo que no era.

Le cayó una condena terrible: cadena perpetua, encuentros cero. No volvería a ver a su amigo. La tarde, el tiempo y el desánimo de sus rutinas dispares, hicieron el resto.
photo by marga ferrer

miércoles 18 de noviembre de 2009

BSO


Voy descompasado con mi Banda Sonora Original. Anoche, a pesar de que mi testuz lo pedía, me acosté sin escuchar música relajante o, peor, sin intuir las estrofas de cualquier composición clásica que extrajera el estrés de mi lado gris. Esta mañana, ya al volante, por más que he sintonizado el dial de la radio no he hecho más que rescatar canciones descontextualizadas para el momento rebelde que requería la situación. Ninguna composición ha recreado las situaciones que dibujaría un niño dentro de mi cabeza. Debe de ser que en el quiosco del cerebelo se habrán quedado sin ceras, sin plastilina o sin rotuladores Carioca.

Ahora, mientras escribo, una ambulancia acaba de torpedear el ritmo de plasmación de este pensamiento tan extraño, quizás porque sabían ahí fuera que hubiera sido perfecto para mis intereses alcanzar un estado óptimo de concentración. Mi BSO es como la de Truman en su Show, pero sin products placement, sin un escenario ficticio con el que dibujar horizontes en el mar. Ni siquiera he podido salpimentarla con una ración depechera, sintonía de mis amores y la misma que en 2009 ha huido de los destellos musicales que han marcado mi devenir.

Tendré que quejarme a González-Sinde para que defienda mis derechos de autor. Como principal protagonista de mi vida, reclamo que sean tenidas en cuenta las quejas planteadas. Es insoportable vivir desafinado, sin el maridaje entre el instante vivido, su reconstrucción y la representación musical de cómo me gustaría visualizarme desde el lado más ochomilimétrico de mi existencia.

sábado 14 de noviembre de 2009

Por llevar la contraria


En el Evento Blog España 09 que se celebra en Sevilla, se ha dicho que próximas ediciones deberán sustituir la palabra 'Blog' por la de 'Microblogging', dado que Twitter está siendo el invitado estrella de la presente edición.


He empleado más de 140 caracteres en este post porque me niego a descartar una herramienta en detrimento de otra; ¿por qué elegir? Cierto es que este blog está siendo menos manoseado que antes, pero es preferible otorgarle una funcionalidad, aunque aislada, antes que condenarlo al ostracismo.


No te preocupes, bitácora de mis amores. Estás a salvo.
photo by marga ferrer

sábado 31 de octubre de 2009

Adherencias


Las arañas del tiempo tejen una tela viscosa que abandonan a su suerte cuando ya no pueden cazar recuerdos. Se marchan hacia torturas lejanas, a tender puentes de seda entre el presente y el pasado que lo marcó. Saben que pocos superan el lastre de los minutos acumulados a deshora, de las equivocaciones masticadas en noches de insomnio, de las mentiras envueltas en miedos.

Es difícil localizar a alguien que haya conseguido expulsar de su existencia a las arañas del tiempo; funambulistas en vida, mudos en el café. Ocultan su logro con el anonimato del inadvertido, concentrados en pisar firme sobre las adherencias que dejaron las telas del recuerdo borrado. Caminan sobre el fósil de lo que fueron, de lo olvidado, de lo archivado sin el ansia del apremio, solos.

lunes 12 de octubre de 2009

El vaso


En tiempos en los que la gripe A no ha llegado a causar la alarma social que pretendían las autoridades sanitarias a través de los medios de comunicación, recuerdo una práctica a priori poco salubre de uno de los muchos pueblos de la Castilla vieja que he tenido la suerte de conocer. Mis primeros tragos mozos procedieron de un vaso popular, escondido en la oscuridad de una bodega, alimentado por las arañas de la cueva y enjuagado con el zumo de vid que resbaló sobre mis labios desde bien entrada la adolescencia. Era el vaso, o los vasos, de alguna de las bodegas de los pueblos zamoranos de los valles de Benavente, en los que beber era religión y hacerlo con la rebeldía del que sabe que es cosa de mayores, todo un arte.

El vaso era el vaso de todos los que peregrinaban desde el casco urbano hasta las bodegas de las afueras para extraer de la cuba el vino del almuerzo. Quien más, quien menos, tenía su bodega, equipada con ese vaso preparado para el trago de vino en compañía del propietario, quien hacía el mayor gesto de generosidad al cederlo y recogía la satisfacción de a quien invitaba desde la campechanía de lo habitual y con la garantía de que el invitado degustaba algo que pocas veces tenía a su alcance el resto del año.

Nadie decía que le daba asco, ni repelús. Ni, por supuesto, nadie negaba el trago de la caballerosidad, ni los más pijos capitalinos, ni las señoras más escrupulosas, ni los señores más exquisitos. El vaso era el vaso y si lo agradecías con alguna alabanza referida a las virtudes del caldo o a la bondad de la temperatura que lo cobijaba en aquellas cuevas cavadas bajo tierra, lo fácil era que el anfitrión prolongara su estancia en la bodega para deleitarte con alguna lata de mejillones en escabeche o con alguna bolsa de aceitunas de anchoa. De propina, el moje o caldito de las conservas, cuya prioridad para la degustación recaía también en el invitado.

El vaso de la bodega, un rito de marcada tradición que no ha entendido de enfermedades, más allá de la del quite del saber estar y de la del vino a granel al gusto del que nunca bebe o de quien valora la campechanía por encima de la apariencia.