martes, 21 de agosto de 2007

Aromas de vida





Hace años escribí una reflexión sobre los olores en el periódico donde trabajaba, en Ibiza. Lo hice en una minisección denominada 'La Ventana' que habitualmente ocupaba el responsable de la sección de Cultura. El descanso vacacional de éste me dejó la oportunidad durante unos días de dar rienda suelta a esos pensamientos que retenemos en nuestra intimidad sin compartir con nadie. Como los que aquí expongo los días que necesito plasmar formas de pensar respecto al acontecer cotidiano.
Poca gente, imbuida quizá por la vergüenza social a desnudarse emocionalmente ante los ojos ajenos, se atreve a compartir esos crujidos de vida aprehendidos en los momentos de mayor percepción del ser humano, en la infancia. Se puede considerar una tontería expresar con nitidez sensaciones primigenias o caer en el error de pensar que será fácil convertirte en un bicho raro por exponer con claridad emociones. En mi caso, favorecido por la lejanía de mi lugar de origen, por el misticismo de un entorno aún desconocido para mis sentidos y por la posibilidad efectiva de compartir reflexiones íntimas con los lectores de un diario, la timidez desapareció y escribí los reflejos de la versión tabú de Óscar Delgado.
Una de aquellas ventanas circunstanciales se refirió a los aromas y la titulé 'El olor de lo hostil'. Siendo ya un adulto caí en la cuenta, sobre todo cuando me vi obligado a dejar el calor del hogar familiar, que los olores eran los mejores mensajeros de la infancia y los puestos de control para enfrentarse a lo desconocido. Al principio, en Ibiza olía a incertidumbre y a libertad. Con el tiempo, los olores se tornaron en familiaridad, en pasión y en un libertad con matices menos salvajes. Estuve casi dos años en la isla. A buen seguro, sus aromas los rescataré en algún momento de mi vida para identificar nuevos estados de ánimo.



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