miércoles, 17 de octubre de 2007

Los gatos son malos y arañan


En la tierna infancia de una persona es el momento en el que mejor definimos la información que perciben nuestros sentidos. El subconsciente la procesa en un cajón que, como caja de Pandora, abre y cierra su puerta a intermitencias para que nuestra vertiente consciente se haga eco de las situaciones asimiladas. Uno de los peligros archivados por mi persona en mis años mozos se refiere a los gatos. De niño, uno de los pilares de mi educación se centró en los factores que podían ser dolorosos para mi persona, entre los que se encontraban los felinos. “Los gatos son malos y arañan, no te acerques a ellos…”. Como la obediencia a esas edades es prioridad para mantener el status quo de tranquilidad dentro del seno familiar, acaté las órdenes sin pestañear, con las orejas gachas en señal de sumisión hacia la cúspide de la pirámide del hogar.

El arcón de los recuerdos ha llamado desde entonces en repetidas ocasiones a la puerta de mi lado consciente para advertirme de que la información procesada y asimilada en su tiempo podía presentar equivocaciones. Fue, precisamente, una de esas advertencias la que me empujó a dar el paso de conocer mejor a esos seres independientes, con unas costumbres extrañas. El acopio de información previo delató, para empezar, que no todos los gatos son iguales, ya que, como los perros, cada raza presenta unos rasgos identificativos propios de personalidad. Me hice con dos de ellos de la raza British Shorthair y comencé el trabajo antropológico desde el primer día. Pues bien, llevo más de 2 años con Trancos y Sam (ver foto de Marga Ferrer) y, por el momento, no he encontrado ni rastro de su peligrosidad, a no ser que ésta se ubique en lo cariñosos y pesados que son cuando me persiguen a diario para que les propine sus dosis prolongadas de cariño. Por lo demás, duermen y duermen, de vez en cuando rompen, involuntariamente –claro está- alguna figurita, comen y hacen sus necesidades en espacio arenoso habilitado para tal fin. Hasta se lavan solitos…

Voy a pedir ahora mismo a mi lado consciente que deje de empujarme a escribir cursilerías, que pueden ser más peligrosas que un arañazo. Miau

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