viernes, 23 de noviembre de 2007

Cerveza


Los que me conocen saben de mi afición a la cerveza. Sin entrar a debatir si sus propiedades son beneficiosas o perjudiciales, la cerveza es un producto milenario del que ya disfrutaban nuestros antepasados. De ellos hemos heredado un zumo concentrado muy especial, amargo y fresco que hace las delicias de paladares ávidos de recambios para el H2O. Aunque de mis antepasados, precisamente, no se puede decir que haya heredado la afición. Mi abuela, que en paz descanse, siempre me decía que la cerveza olía a borrachos. Yo le contestaba que ni manchaba, ni olía, ni emborrachaba, sólo agachaba. Palabras que no sirvieron para disuadirla de una percepción tan sólida como el paso de los años.

El otro día rescaté una de esas herencias curiosas de la Historia. Un vendedor me explicó el método utilizado por los ingleses para que la cerveza viajara a Gran Bretaña desde sus colonias sin estropearse. En su regreso de países como la India, comprobaron que la bebida perdía sus virtudes consecuencia de un trayecto oceánico interminable. Aconsejados por la gente autóctona, aprendieron a utilizar un conservante natural, el lúpulo. Lo añadían en grandes cantidades a las cubas donde transportaban el líquido hasta tierras británicas. Al llegar al punto de destino, el sabor resultante era mucho más amargo que en origen, aunque el resto de propiedades las conservaba intactas. Hoy en día, las cervezas inglesas procedentes de la India son, precisamente, las que mantienen un sabor amargo más acentuado que el resto y su característica distintiva es la incorporación extraordinaria de un lúpulo denominado IPA (India Pale Ale).

Aún así, me quedo con las belgas y las alemanas. Chinchín.
photo by marga ferrer

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Yo me quedo con las que se toman en buena compañía.
Brindo por acertar la quiniela esta semana!

Anónimo dijo...

la quiniela, ese imprevisto dominical que ahoga cualquier esperanza de hacerse rico. En ese caso, ¿tomaríamos la cerveza con tanta salud?
Óscar