miércoles, 21 de noviembre de 2007

Mi payaso


Disfruto mucho cuando pongo sobre la mesa a mi payaso y percibo una reacción favorable en el interlocutor que lo rescata. Todos tenemos un sentido del ridículo más o menos desarrollado, aunque nos cuesta hacerlo público. Lo despertamos casi siempre en nuestro círculo íntimo, con nuestros amigos, con la familia o con la persona que nos soporta a diario. Ser clown –término anglosajón que designa la realidad a la que me refiero- es ser persona en su definición más primigenia.

Las normas de conducta establecidas por consenso social nos determinan un comportamiento que no siempre es fácil de aplicar. Por naturaleza somos imperfectos y aspirar a cumplir al pie de la letra unos preceptos adultos afecta a nuestro lado más rebelde. Como somos crueles, muy crueles, aprovechamos las debilidades de nuestros congéneres para reírnos de ellos en los espacios del regodeo, en los sitios donde sabemos que la persona que sufre –más bien disfruta- del ridículo está acorralada por miradas justicieras que detectan el olor a incongruencia. No quiero ser espeso, mi pretensión es introducir al payaso, a la persona non grata de cualquier protocolo que se precie, al ser más espontáneo y natural que conservamos en nuestra persona más sincera.

En el año 2001 tuve la oportunidad de entrevistar a Eric de Bont, un payaso orgulloso de su condición que impartía un master internacional de clown en Ibiza. Asistir a sus clases fue una aventura digna de ser retratada en el tiempo, una experiencia que vendría muy bien a los que depositan el sentido de sus vidas en la amargura del prejuicio o en la venganza de su propia ignorancia. “Ser clown es disfrutar del fracaso”, decía.

No hay nada mejor que descontextualizar un momento amargo y hacer lo que uno sólo se atreve a escenificar a solas. Si trasladas esa espontaneidad a un escenario y la compartes sólo hay lugar para la carcajada. Alma naturista, encuentro salvaje con un yo amanerado, grito de vida en la ciénaga del qué dirán. Probad a hacer eso que nunca os habéis atrevido, sentid el calor de los mofletes rojos, la vergüenza del prejuicio, el aliento de unas carcajadas de plástico. Bueno, mi payaso se despide de vosotros. Esconderé mi nariz roja en la mesilla de noche porque ahora he de ponerme la careta rancia que esperan de mí al salir a la calle. ¡Uh!

(Dedicado a una profesional que se atrevió a quitarse su máscara tecnológica para compartir las risas de unos alumnos clown ávidos de situaciones límite).
photo by clown

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