martes, 27 de noviembre de 2007

Olores


Cualquier tienda de electrónica huele a Andorra, a emoción por disponer de nuevas tecnologías, a cassette y a vinilo; una boutique huele a infancia vespertina, a un tocar en un se ruega no tocar, a dolor de piernas, a paseos urbanos; las castañas, a pueblo, a frío, a familia, a recipiente de barro con agujeros, a trapo quemado; un ciprés, a chapas de ciclistas, a recreo, a liceo francés, a sándwich de jamón york con queso, a inocencia recordada; el salitre, a viaje, a coche embutido, a camiones, a Mojácar doce horas después de Madrid, a chiringuito; un forro de plástico, a vuelta al cole, a miedo, a papá y mamá, a estuche, a rotulador carioca, a vida virgen, a ruta 27, a libros nuevos; una pegatina, a colección de cromos, a Butragueño, Señor y Eloy, a domingo nuevo, a rastro, a bocadillo de calamares; una guirnalda, a papá Noel, a insomnio, a hermanos, a nueces, a velas, a reunión, a vida adulta por encima de la niñez, a partida de cartas, a roscón y a villancicos; un cenicero lleno de colillas al despertar, a resaca, a partida de póker, a amistad, a conversaciones sin rumbo, a fumadores y a no fumadores, a casa provisional, a viva la vida; una caca de vaca, a montaña, a ruta del Cares, a doña Concepción, a naturaleza salvaje, a vacaciones, a peligro y a teleférico.

Ya me había referido a ello, pero es que no hay nada como dejarse llevar por los olores, fuente inagotable de experiencia. Es como coger del brazo la vida más íntima y dejarla lista para ser asaltada por las autopistas de la memoria, salir a la calle preparado para encontrar en el cúmulo de olores que nos abordan motivos de reencuentro con situaciones aparcadas en nuestra intrahistoria. Como ser ciego en el París de Amelie y dejarse arrastrar por un paseo emocional, por la descripción atropellada de realidades localizadas en los 50 metros de calle que recorremos tres veces al día. Como abrir la experiencia al pasado, mirarla desde el presente y pensar en un futuro con una sonrisa dibujada en la comisura de los labios. Cada estación lleva consigo numerosos hitos de nuestra vida. ¿Lo habéis probado?
photo by marga ferrer

5 comentarios:

Duermevela dijo...

Sí, pero el olor de hoy mañana será diferente. Más dulce, quizás, bañado por el almíbar que cubre los recuerdos.

Anónimo dijo...

Efectivamente, un recuerdo nunca sabe igual, guarda la llave de la sonrisa, del bienestar, de la luz.

Óscar

isasira dijo...

Para mí los olores son mucho más fuertes que las imágenes o los sonidos. Los olores me llegan al alma y me la remueven, me transportan y me hacen sonreir o llorar porque se me quedan clavados en el corazón... Ahora prefiero no pensar en el olor de la montaña...

Anónimo dijo...

Tienes mucha razón hermano,cada aroma tiene su porqué y las personas sensibles con los sentidos a flor de piel traducen los olores a cada situación vivida y se acentúan más cuando se vive la vida muy intensamente, porque cada día es diferente y especial. Muchos besos para los dos, os quiere vuestra hermana que os huele aunque esteis lejos. Bego

Óscar Delgado Barrientos dijo...

La familia siempre huele a nuevo, el olor de la esperanza, de la unión, del enfado, del desayuno antes de ir al colegio, de la vida antes de ser vida solitaria. Un beso, yo también os huelo desde aquí, desde donde esté, desde donde estéis.
Óscar