jueves, 8 de noviembre de 2007

Viaje


En la década de los ochenta los Toreros Muertos interpretaron en plan jocoso una canción cuya letra recogía un viaje imaginario emprendido por la orina de su cantante, Pablo Carbonell. Hoy, en pleno debate mundial sobre las consecuencias del cambio climático, el tema ha dejado de ser motivo de sorna. No hay más que acercarse a cualquier punto turístico con costa. Demasiados grifos abiertos a la vez, muchas personas que tiran de la cadena a la par, decenas de miles de bombillas encendidas incluso de día -por si los cacos-, litros de aceite vertido de forma inadecuada por la pila… Normalmente son segundas residencias en las que sus propietarios o inquilinos invierten lo mínimo en dotarlas de los requerimientos básicos para evitar el despilfarro. El resto son hoteles que cierran durante nueve meses para después hacer el agosto, por lo que no es extraño encontrarse, ante esta saturación voraz e improvisada, con numerosos vertidos fecales en aguas marítimas un día sí y otro también. Un viaje de corto recorrido el emprendido por esa agüita amarilla que topa de bruces, ya no con las personas que se bañan en la playa, sino con los pececillos y demás seres que habitan de forma pasiva el fondo del mar.

Pero no sólo llega al mar la orina. La misma desidia descrita por los residentes y hoteles de las zonas turísticas es aplicada por determinadas empresas del círculo más próximo a los municipios costeros en los que se encuadran. Así, vertidos de rica espuma industrial, recipientes acabados, productos tóxicos y otros elementos que nos reservamos, navegan a sus anchas por los arroyuelos y las desembocaduras de la costa. ¿Nos les da asco?, ¿no les da pena?, ¿les gusta la playa?... Cierra.
photo by marga ferrer

1 comentario:

Anónimo dijo...

Tiene la misma solución que el hambre en África: voluntad.