sábado, 8 de diciembre de 2007

El 20


Madrid, plaza de la Independencia, un sábado cualquiera de diciembre, siete de la tarde. Gabriel espera la llegada del 20 para ir a la Puerta del Sol. Tiene coche, pero opta por el transporte público para evitar los problemas de aparcamiento y el estrés de una circulación con triglicéridos en las principales arterias de la ciudad. Lleva consigo ‘El mundo’, ese libro que ha sido galardonado con el Premio Planeta, lo prefiere a su primo el periódico; Gabriel no comulga con la línea editorial de pedrojota, prefiere leer ficción urbana antes que alimentar el pulso diario que enfrenta a los políticos en un patio de colegio sin monitores que velen por mantener la compostura y la cordura.

Estaba sentado en la parada pero ha cedido su puesto educadamente a una señora emperifollada, travestida de naturaleza muerta por una resistencia enfermiza a mantenerse joven. Sus piernas, escondidas bajo una falda de paño marrón, no están para hacer alardes. Gabriel saca un tic de la chistera y le regala una sonrisa amable por fuera, forzada por dentro. La sociedad nos convierte en animales ficticios de una convivencia reglada. Llega el 20, tampoco ha esperado tanto. Cien personas en su interior, ventanas cerradas, vaho de invierno, codos en la médula espinal, aliento a café con leche, saludos a gritos, ¿me deja bajar?, libro inutilizado, sopapo de masa, carteristas de saldo. Veinte minutos de trayecto, por fin la Puerta del Sol, que no cunda el pánico, con orden saldrán todos. Gabriel respira una bocanada de aire sucio, hace frío y llega cansado a su destino, le duele la gente, quiere volver, no está de ánimo para comprar nada.

Madrid, Puerta del Sol, un sábado cualquiera de diciembre, siete y media de la tarde. Gabriel espera la llegada del 20 para ir a la plaza de la Independencia. Cosas del transporte público, manías del siglo XXI.

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