sábado, 29 de diciembre de 2007

Historias del metro


Hemos quedado a las 18 horas en la boca de Vinateros, mal lugar para una cita si llegas el primero. Un yonqui, a golpe de jeringuilla, te quita la paga de la semana. El llanto da lugar a la llegada del séquito de amigos. No tengo pasta, me la han robado, me quedo. Voces solidarias se atropellan para poner un bote común que dé respiración artificial al humillado. Todo se olvida porque ahora el reto es entrar gratis, ahorrarse el dinero del billete para bebidas espirituosas. Vamos por la entrada de abajo, no hay taquillera. Efectivamente, la adrenalina salta a la misma velocidad con la que pasan por encima de los tornos.
Ya están en el submundo del metro, en la alcantarilla con olor a electricidad, a mendicidad, a artista efímero y a sótano sin botellas de vino. Hoy está más sucio de lo habitual, debe ser por la huelga de los servicios de limpieza. Uno de la pandilla además de salir, lee. Les dice a sus colegas que ha visto en la edición digital de ‘El País’ un vídeo sobre sabotajes en el metro que aprovechan el paro para agravar sus fétidos efectos mediante vertidos incontrolados de desperdicios. Un comentario que pasa tan desapercibido como los papeles que navegan por unos pasillos transitados con más vehemencia en estas fechas navideñas.

Mientras, en Sevilla prometen que el metro que esperan desde hace 30 años se inaugurará en 2008; en Palma siguen sin disfrutar de la línea electoral; el de Barcelona, es raro, pero funciona; en el de Londres ya se han olvidado del atentado de julio de 2005; en el de París, sigue el eco de los motines de bandas urbanas; el de Nueva York es menos famoso desde que los guionistas de Hollywood están en huelga; el de Tokio da ejemplos de orden a las conservas de Santoña; el de Atenas es el más ortodoxo… En fin, qué haríamos sin metro.
photo by somos

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