lunes, 10 de diciembre de 2007

Kosovo, año 2000


Somos como hormigas que rehacen su hormiguero cuando un gigante humano se lo pisa. El mes pasado planteé un post referido a la ambigüedad que significa un año, 365 días diferentes para cada cual en función de la referencia espacial o temporal que se elija. Pues bien, la coincidencia me condujo ayer a toparme de bruces con el trabajo gráfico de un profesional que estuvo en Kosovo en 2000, un año después del cese de la guerra. La experiencia narrada por esta persona ha servido para confirmar que los telediarios sólo ofrecen un minuto sesgado de lo que a sus editores les interesa que acontezca ante los ojos de una audiencia predispuesta a consumir sin tapujos.

Un año después de la tragedia vivida en aquel lugar del mundo, la vida lucía un vestido de color verde esperanza. Observé un book fotográfico delatador de la condición humana en su vertiente más asociacionista, un alarde de vecindad en una escala desconocida para mis ojos que, ávidos de información, repasaron minuciosamente los detalles de unas instantáneas jamás reproducidas en los medios de comunicación. Lo que no es tragedia no vende, de hecho creo que este fotógrafo jamás pudo proyectar ese prisma humano en ninguna publicación, ni de prestigio ni modesta. La reconstrucción de un país, insólita realidad. Edificaciones derruidas por los bombardeos, cadenas humanas ornamentales, nuevos hogares construidos en la azotea hueca de un edificio para no desaprovechar el tiempo en levantar nuevas estructuras, templos de solidaridad; abrazos, sollozos, sonrisas y descansos compartidos por un pueblo recién salido del túnel de la desdicha.

Mi perfil periodístico está más enriquecido hoy gracias al buen trabajo gráfico de Roberto N. Cataluña, en cuanto que me ha permitido acceder desde la distancia temporal y geográfica a una nueva forma de entender 365 días transcurridos entre la muerte y la nueva vida. Huele a húmedo, aunque no estuve.
photo by roberto n. cataluña

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