jueves, 3 de enero de 2008

Cepillo interproximal


Un ruido de tortura suena de fondo, por encima incluso del hilo musical. Frank Sinatra sin voz es como una orquesta sin batuta, pierde el sentido de la lógica. Es lo que tienen las consultas de los dentistas, siempre suenan unas notas de fondo para tensar los ánimos de unos pacientes cuyos pabellones auditivos rescatan nada más entrar el leve, constante y profundo sonido de las máquinas del estomatólogo empleándose a fondo en bocas inertes por el miedo y por la anestesia.

La sala de espera se camufla con sillones que parecen rescatados de alguna de esas películas de Alfredo Landa y José Luis López Vázquez en el Hotel Don Pepe, tanto por su longevidad como por su incomodidad. Una estancia rellena de revistas caducadas ubica a los clientes frente a frente para que puedan radiografiar sin problemas sus caras, normalmente pálidas de pánico o de impaciencia. En ellos siempre se adivina la curiosidad morbosa por penetrar desde la distancia en la sala de torturas donde sufre el paciente al que han cogido antes.

Al terminar el proceso, el cliente saldrá contento porque su malestar bucal habrá desaparecido, su cartera habrá agrandado aún más el agujero rojo del mes de enero y podrá probar los primeros medicamentos de 2008. De propina, se lleva un cepillo interproximal, que le regalan por haber preguntado hasta tres veces un nombre difícil de recordar al salir de la consulta y dirigirse a la farmacia.

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