martes, 22 de enero de 2008

Ecos del derbi (y II)


“¡Atleti, atleti, atleeeeti!”. Decenas de antidisturbios se ubicaban en los aledaños del Vicente Calderón a la espera de recibir órdenes. El reguero de aficionados llegaba con los ánimos subidos de tono por la euforia, por esa valentía cobarde de quien se siente reforzado al estar inmerso en un grupo numeroso, y por los grados de alcohol acumulados en la sangre. La hora del partido se acercaba, pero quedaba tiempo para tomar unos minis cerca de las puertas de acceso y entonarse más. Ya se sabe, dentro del estadio no venden alcohol.

El bar El Doblete, enclavado en las tripas del Calderón, se convertía en caja de resonancia de los cánticos colchoneros mientras ocho o nueve filas de espera se apechugaban para pedir el mini de Dyc con cocacola o el de Larios con tónica. En la calle, las cámaras de televisión pretendían cubrir su trabajo a la caza del aficionado simbólico, aunque la misión de encontrar a uno del Madrid fue casi imposible, más allá de los ultras sur, aficionados radicales que sufrieron en sus carnes el trabajo de los antidisturbios.

30 segundos después de comenzar el partido, la euforia recibió la anestesia del gol de Raúl. Sin piedad y sin remedio el derbi se terminó ahí. Las voces no cantaron como en otras ocasiones, pocos creyeron en la remontada y al terminar el partido, la gente, como suele ser costumbre en el Calderón, se marchó en procesión hacia sus vehículos mirando hacia el suelo, ladeando la cabeza como una manada de elefantes por la Sabana. Otra vez habían perdido, pero esta vez frente al Madrid.
photo by somos

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