martes, 15 de enero de 2008

El desayuno de siempre


La rutina comienza por la rutina, el desayuno enmarca, si es el de siempre, la dinámica a seguir en lo que resta de jornada, definida por numerosos actos reflejos circunscritos en el subconsciente del estrés. Mal empieza quien se despereza desde la inercia del café con leche sin la etiqueta de recién comprado, asomado a una piscina para gnomos golosos, sin el cariño del que encoge a un niño. Se pueden hacer guarrerías de infantes, como machacar 13 galletas en un cuenco de leche con colacao. La mezcla puede adquirir el espesor de una papilla, de un puré o de la argamasa, para gustos…

Lo importante es aprovechar ese momento, inevitablemente rutinario, para hablar a solas con uno mismo. Bastantes interrupciones sufrimos a lo largo del día a través de los dispositivos móviles que nos acorralan como para tirar al vacío la única oportunidad de construir discursos intimistas. Al abrir el abanico de la introspección, de la autocrítica o de la planificación de proyectos, la mente se desoxida y gana en lucidez. Aunque hay mucha gente que ni desayuna, lo malo es si su alternativa pasa por mirar al que sí lo hace. No hay desayuno útil si siempre es el de siempre.
photo by somos

1 comentario:

Arwen dijo...

A mí me encanta el desayuno, es mi momento preferido, me lo tomo con calma. Cuando estoy sola, como dices, lo utilizo para desperezarme del sueño pasado y sentar las bases de mi día. Cuando estaba acompañada, aprovechaba para compartir momentos que ya no se repetirán, sueños (tenidos o deseados), sonrisas...
Pues sí, me gustan los desayunos.