viernes, 11 de enero de 2008

Epílogo


Pidió un crédito póstumo de 10.000 euros para viajar a ese rincón del mundo que le recibiría salvaje, como hace veintisiete años. Su sonrisa quebrada escondía una emoción idéntica a la del niño que abre un paquete de dimensiones desproporcionadas respecto a su volumetría. Quería rejuvenecer pensamientos a borbotones, revivir experiencias primerizas. Solo tenía 68 años pero el casco de su fragata ventricular estaba erosionado en exceso como para perder la oportunidad de percibir olores extraviados en el tiempo, de saborear facetas de una vida de dos días exprimida al máximo, como la de todos los que sueñan despiertos.

No se iría muy lejos, no huiría del Mediterráneo que le vio nacer, del mismo mar retratado por Alberti, reinterpretado por Salvatores, maquillado de pastel por Sorolla y devastado por la desidia de unos vecinos cada vez más egoístas. Quedaba un rincón aún virgen, en Grecia, en una isla con olor a tomillo, gayomba y pino. Skopelos le recibió con la misma quietud que en aquel verano del 83, cuando en España Javier Clemente era famoso, naranjito ya había cogido moho y Felipe González hacía balance de su primer año en el gobierno. Estaba solo porque nunca pudo compartir sus miedos; quiso gritar de alegría pero supo que nadie le escucharía, lloró sin consuelo, se bañó sin la caricia de una toalla compartida a tiempo y respiró hasta decir adiós, trémulo.
photo by somos

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Acabo de leerte en duermevela.
Me gustó mucho.
Confío y espero en mandaros un escrito este fin de semana.
Besos

Óscar dijo...

Se agradece, pero recuerda que si envías el escrito así lo firmaré como el anónimo...

Saludos, besos y abrazos