lunes, 14 de enero de 2008

Mensaje póstumo


Se despertó violentamente, hacía frío, la calefacción había sido secuestrada hace horas y el cuchillo de la madrugada invernal aumentaba la percepción atropellada de una respiración en alerta. Vivía solo pero no estaba solo. Sus sueños de hace unos segundos iban travestidos de pesadilla y pavor. Ahora no soñaba, un ruido familiar le había borrado de la somnolencia profunda, el miedo devoraba a su segundo yo y su corazón rompía la escarcha gélida con un bombeo frenético.

Detectó que el ruido procedía del despacho, al final de un pasillo convertido en gruta del pánico. Se levantó, puso sus pies desnudos en el suelo, más frío que su alma, y comenzó a caminar a tientas, a oscuras, a gritos, a golpe de espasmos. Alguien o algo aporreaba el teclado de su ordenador. Tragó saliva, ¿quién anda ahí?, se orinó encima, lloró, se abrazó a si mismo, llegó al despacho. Abrió la puerta, no había nadie, las teclas se movían cada vez más rápido. Se acercó a la pantalla y leyó un mensaje reescrito hasta la locura.

Murió quince semanas después, en la fecha marcada desde esa noche como la de su muerte.
photo by somos

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