martes, 29 de enero de 2008

Taxistas


Subirse a un taxi siempre es una aventura íntima que significa mucho más que recorrer en un coche ajeno la distancia entre dos puntos. Sin recurrir a la resolución de problemas físicos inadecuados para gente de letras podemos acceder a un perfil tipo de taxista y de cliente. Unos taxistas son charlatanes, otros prefieren escuchar la radio sin más aspavientos, algunos nostálgicos tunean el habitáculo con la plaza mayor de su pueblo, los más aprovechan el invento de la emisora para compartir conversaciones multidireccionales con sus compañeros de profesión, rodeo por aquí rodeo por allá, este es guiri, el otro es listo, yo sé por donde ir, coja el primero de la fila, dos más dos son siete porque el suplemento nocturno nos obliga, cuando llueve no damos a basto, el otro día llevé a Raúl al Bernabéu, por dónde quiere que vayamos, ¿alguien por el Paseo del Prado?, estoy a dos minutos, siempre lo mismo.

El cliente tiene la potestad de elegir si dar cancha a las manías del conductor, inventarse llamadas al móvil para no tener que hablar, ser grosero y mandarle que se calle, ser atracador y robar, ser vocero de causas machaconas, ser maniático y sentarse siempre delante, ser pesado y preguntar al taxista hasta por el origen de nuestra especie, escuchar a Jiménez Losantos por obligación, ser del Barça en Madrid y del Madrid en Barcelona, ser socialista para no pasar por la calle Génova y ser Gallardón para no ir a Ferraz, escribir mientras él habla, ningunear al GPS de última generación para indicarle la ruta preferida, mirar de reojo el contador mientras el taxista le mira de reojo a él por el retrovisor, leer esas tarifas pegadas en la ventanilla que nadie comprende, mirar el reloj varias veces para que el conductor acelere, pelotearle hasta decir basta, compartir taxi con otras personas que van a algún lugar cercano a la ruta marcada. Bueno, quizá esto último sólo ocurra en Atenas… ¡Taxi!
photo by somos

No hay comentarios: