Había roto las hojas del calendario con el placer que concede una cuenta atrás personal, intransferible y justificada por el capricho de una afición. Antes de coger el autobús que le llevaría hasta el recinto donde vería a sus ídolos tiró el 31 de marzo a la basura para que le diera suerte y pudiera tocarles, sacarles una foto y, si no, regresar con el consuelo del autógrafo. Nunca habían venido a España y era su oportunidad.
Unas vallas separaban su aliento del de los agentes de seguridad, del de los responsables del pinganillo en el oído y del de los periodistas allí desplazados para dar cuenta de una entrega de premios que congregaría a los más afamados músicos del panorama nacional e internacional. La piel de los famosos en directo es más real por irregular, el potingue de la cara les resta plasticidad, las curvas no son de 90 grados y la alfombra roja es más oscura, casi tan negra como la cinta aislante que colocan en medio de la misma los de protocolo para que se detengan las celebridades ante los gráficos.
Tenía frío, sed y ganas de orinar. Aún así, y tras dos horas, esperó hasta que la marabunta se movilizó con focos, flashes, codazos, unos cuantos ‘¡ahí están!’ y algún que otro insulto. Como empujado por un ángel, se incrustó entre los profesionales de la comunicación sin que su aliento, ya familiar entre los otros, le delatara al saltar la valla. Se acercó a ellos y ante si se erigió un trío compuesto por tres cadáveres con gafas de sol, bajitos, sin sonrisa, sin rostro, sin alma. Volvió a casa y puso la MTV para ver la mejor versión de su grupo favorito. Se quedó dormido, abatido por el cansancio. Soñó con verles alguna vez así, al natural, como en la tele.
Unas vallas separaban su aliento del de los agentes de seguridad, del de los responsables del pinganillo en el oído y del de los periodistas allí desplazados para dar cuenta de una entrega de premios que congregaría a los más afamados músicos del panorama nacional e internacional. La piel de los famosos en directo es más real por irregular, el potingue de la cara les resta plasticidad, las curvas no son de 90 grados y la alfombra roja es más oscura, casi tan negra como la cinta aislante que colocan en medio de la misma los de protocolo para que se detengan las celebridades ante los gráficos.
Tenía frío, sed y ganas de orinar. Aún así, y tras dos horas, esperó hasta que la marabunta se movilizó con focos, flashes, codazos, unos cuantos ‘¡ahí están!’ y algún que otro insulto. Como empujado por un ángel, se incrustó entre los profesionales de la comunicación sin que su aliento, ya familiar entre los otros, le delatara al saltar la valla. Se acercó a ellos y ante si se erigió un trío compuesto por tres cadáveres con gafas de sol, bajitos, sin sonrisa, sin rostro, sin alma. Volvió a casa y puso la MTV para ver la mejor versión de su grupo favorito. Se quedó dormido, abatido por el cansancio. Soñó con verles alguna vez así, al natural, como en la tele.
photo by somos








5 comentarios:
Al morir desapareció mi mundo, el último aliento lo aproveché para sonreir porque la vida seguía para otros
Ojo!!!
Histórica foto la de este blog. Camden son cenizas!!!
Hay cenizos y CENIZOS...
Pues prefiero la desilusión del vivo y menos tele...
ya, pero una desiluasión así puede dejarte sin mito...
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