jueves, 6 de marzo de 2008

El bonachón


Borja encontró su nombre entre una lista de mil agradecimientos, motivo suficiente como para molestar a Laura, teleoperadora desde hace un mes, para anunciárselo. Estaba emocionado por ser uno más de ninguno, por haber tenido que estar cien horas de aquel agosto sin agua suficiente como para que su saliva pudiera con los malos tragos de unos días interminables de gira. No recibió dinero extra, ni muestra alguna de cariño, ni siquiera una palmadita en la espalda. Estaba demasiado sudado como para que le tocasen unas manos trémulas acostumbradas a manejarse en una vida de color pastel.

La bondad de Borja siempre fue una venda para sus ojos, jamás vio la maldad del que abusa, ni la fealdad de la gente sin escrúpulos. Tampoco supo nunca el significado del egoísmo, prefirió imponerse la misión de ayudar y de aliviar a sus compañeros. Se sabía más fuerte y rudo que el resto y quería equipararse a ellos gastando las energías que le sobraban. Era feliz, y punto. Nadie de su entorno, ni siquiera Laura, podía meterse con un carácter tan bonachón, tan fácil de exprimir por cualquier maquiavelo que se preciara.

De los agradecimientos de aquel día pasó a las esquelas de otro. Quiso hacer tan feliz a la gente que compartió demasiados excesos con los que sólo encuentran la felicidad en la amargura de un chute sucio.
photo by somos

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