miércoles, 19 de marzo de 2008

Laissez faire, laissez passer


Es insoportable toparse con aquel que encuentra en la permisividad de las autoridades competentes el nicho perfecto para campar a sus anchas. Ocurre en tiempos de fiesta, de folklore, de tradición puesta en práctica en la calle sin la supervisión policial que significa cumplir las normas de circulación un día laboral, como no aparcar en la acera, ni en la zona azul sin tique, ni en el carril bici, ni caminar por las calles por donde circulan los vehículos salvo cuando se detienen obligados por los semáforos, no gritar a las tres de la mañana en un barrio residencial, no tirar petardos a cualquier hora del día, no orinar en las esquinas… Prohibiciones, todas ellas, que ayudan a mantener el civismo mínimo requerido para convivir en sociedad sin sobresaltos.

Pues, como se ha dicho, si por unos días llega la fiesta y con ella la invasión generalizada de las calles por parte de los que la protagonizan, a algunos les entra un revanchismo fantasmagórico, ridículo y altisonante difícil de asimilar con tolerancia por aquellos que lo sufren en sus carnes. Es como si todo el mundo tuviera que ponerse al rebufo de los que viven la fiesta con más intensidad, con más tradición, con más implicación o con más devoción; sin comprender que pueda haber gente, que les respeta, que les aplaude, que disfruta de sus celebraciones y que sigue su curso laboral y sus obligaciones ‘manque’ haya fiesta. Es en ese momento cuando el primero saca pecho con asiduidad y cae en el abuso de una interpretación desmesurada del ‘laissez faire, laissez passer’.

Recurrimos aquí a un ejemplo rescatado el pasado sábado en Valencia. Un vecino camina con su peña y orquesta por el lugar donde habitualmente transitan coches (y por donde pueden seguir transitando por no estar cortado). La calle tiene dos carriles, la peña 20 componentes. Un señor, que ni siquiera utiliza el claxon, va detrás con su coche y llega tarde al trabajo. Maniobra hacia la derecha para circular por el carril semilibre. En vez de apartarse y seguir disfrutando de la fiesta, los festeros ensanchan su trazada hasta ocupar toda la calzada, impidiendo que el coche, casi a punto de haber culminado con éxito y sin molestar su maniobra, pueda pasar. Encima, para más inri, se escucha un grito similar a este: “¡Gilipollas! Te jodes, que es fiesta y la calle es para nosotros”. El prejuicio del festero, el respeto del conductor. Otras veces los papeles se intercambian.
photo by marga ferrer

1 comentario:

Arwen dijo...

Los papeles lo que pasa es que se pierden, más que intercambiarse... Paciencia, supongo,que es la única solución que nos queda.