viernes, 21 de marzo de 2008

Mortajas de tradición


Diez años han pasado ya desde que, un día como hoy, estuve en Bercianos de Aliste, municipio zamorano que aparca su vitola común para presumir de celebración sobria, rústica y ruda del día de Viernes Santo. Sus pocos habitantes, unos 200 por entonces, recrean el Santo Entierro revestidos de su propia muerte, con la mortaja que les acompañará a su tumba el día que les llegue la hora. Silencio, turistas, vigilancia por turnos, cofrades bien organizados, compromiso hacia una celebración religiosa que implica de lleno a un pueblo castigado por el modelo laboral del siglo XXI; demografía rural mermada, fe reforzada. Como visitante, da igual ser creyente o no, sólo hay que ir equipado del necesario respeto. Se trata de saborear el poso de los años, la experiencia de abuelos sin nietos y el sobrecogimiento ante una procesión única que sabe a misterio rescatado de la religiosidad popular. Capa parda para los viudos o jubilados, mortajas tejidas por las mujeres de los cofrades y procesión de poco más de un kilómetro, desde la iglesia hasta el cementerio, una vez desenclavado el cristo articulado de la cruz. Al llegar al camposanto, se repite el trayecto hasta la iglesia al son de cánticos religiosos.

Quizá llegue un día en que el discurrir del tiempo y el aliento pegajoso de las ciudades fulminen una celebración tan consuetudinaria. Florecerán entonces los recuerdos de quienes la vivimos, testigos privilegiados del secreto que escondía este pueblecito de la comarca del Campo de Aliste (Zamora).
La Obra Social de Caja España - Fundación Joaquín Díaz publicó en 1999, en su 'Revista de Folklore' (nº 222), el artículo correspondiente a la visita aludida.

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