lunes, 17 de marzo de 2008

Ser o no ser


Estás en una ciudad ajena, en unas calles trazadas de forma similar a las de la mayoría de ciudades pero sin el aspecto que conceden los ojos cuando observan algo rutinariamente. Nadie te saluda, tampoco te miran. Eres un extraño en un escenario extraño para ti, pero no para los transeúntes que se encuentran en la esquina, que compran el pan al tendero de siempre, que escupen en una acera carcomida a flemazos, que hablan a espaldas con palabros hirientes referidos a la persona con la que acaban de mantener una conversación falsa, que atrapan los sueños ajenos con mentiras de vendedores de crecepelo, que fantasean con la edad de una mujer que todavía es niña, que juegan a contar coches, que beben en el banco municipal grafiteado por nuevas bandas urbanas sin techo, que van a misa para que no digan, que salen a tomar el vermú sin poder regresar a casa hasta pagar su ronda correspondiente, que silban a golpe de nombres caninos para que su mascota no se descarríe del trecho marcado por el paseo diario, que ríen por no llorar, que repasan las cuentas de la vieja para averiguar si han sido timados por el bodeguero, que hablan por el móvil sin advertir el rojo del semáforo, que trabajan al ritmo de un martillo sin piedad con los decibelios que desata, que mienten, que van y que vuelven.

Eres nadie entre tres millones y respiras el mismo aire viciado de los que encuentran en su entorno la identidad de ser uno más. Si tratas de meter el pie en ese lodazal, tus costumbres serán entendidas según quiera la masa, por la versión sesgada que de ti vean los que has mirado desde el escaparate neutral del acontecer. Ésa es la injusticia de querer acoplarse a lo que nunca te ha pertenecido. Corre, decide.
photo by marga ferrer

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