sábado, 8 de marzo de 2008

Sofía


Sus uñas interrumpían siempre el silencio cotidiano de un hogar de familia numerosa o se mezclaban con el sonido del aceite que fríe a fuego medio unos filetes de ternera aderezados por el ungüento procedente del mortero. La musicalidad del traqueteo, a modo de contraseña, advertía de que pedía paso para invadir por un ratito la vida de cuatro hijos, una madre y un padre de viaje. Era la vecina, quien, después de haber tirado a los pájaros las migas que sobraban de su mantel, solicitaba permiso desde el patio de luces con un rito arriesgado para sus más de 70 años. Como era presumida y escondía muy bien su edad, le gustaba traspasar la frontera de sus paredes para llegar a la zona festiva del piso de al lado. Sabía que le terminarían de retocar unas uñas castigadas por las labores domésticas y rematadas por esa forma tan curiosa de obtener el plácet para entrar en casa. Quería ir a misa, o no, pero pretendía estar siempre arreglada para que si su marido volvía del más allá pudiera encontrarla en perfecto estado de revista.

Si llegaba a la hora del café, encontraba la oportunidad de fumarse un cigarrito con la misma rebeldía que la de un adolescente recién estrenado en el vicio. “Sabes” era su coletilla preferida, la agitaba cada vez que concluía una frase. Escuchaba más bien poco pero siempre tenía la sonrisa a disposición de unas quejas cómplices o de unas alegrías desaforadas. Era una más en las celebraciones cumpleañeras de los niños, daba propinas como una abuela y cuidaba de las criaturas unas dos veces al año, mientras los padres se fugaban de casa por causas de fuerza mayor. Se llamaba Sofía y se ha ido con 96 años.
photo by somos

2 comentarios:

Arwen dijo...

Lo siento. Un beso.

Óscar dijo...

Se fue como un pajarito, sin sufrir. Una vida larga, me gustaría vivir tantos años pero sin sufrir.