jueves, 10 de abril de 2008

La antorcha


La verdad, no sé hasta dónde llegará la antorcha en su recorrido hacia la ciudad olímpica, pero sí sé que su trayecto pasará a la historia de los juegos como uno de los más enrevesados. La costumbre milenaria de pasear la llama olímpica por los cinco continentes supone, hoy en día, un muestrario de quejas locales con vocación de convertirse en portadas internacionales. El foco que encienden los medios de comunicación es suficiente para despertar la convocatoria de seudoacontecimientos con el afán de reivindicar alguna causa noble aprendida de la lectura de titulares en formato moldeado, como la defensa de los derechos humanos, convertirse a la causa tibetana o boicotear los juegos.

Si atendemos al significado de la llama que porta la antorcha, la luz que guía el entendimiento, las reacciones que suscita se tornan absurdas por carecer, precisamente, del sentido de la metáfora. Al amparo de esa luz, el modus operandi de aquellos que reclaman no se qué mejoras internacionales ajenas a su circunscripción de intereses podrían barajar la posibilidad de utilizar otras herramientas. Aunque, claro, si los cómplices necesarios de sus causas son los primeros espadas de cada país, el desorden cobra sentido. Sarkozy, Brown, Bush o Merkel han sido los primeros en predicar con el ejemplo, los agitadores de una masa que prepara calderos de agua para salpicar de absurdo el viaje de la llama.

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