martes, 15 de abril de 2008

Sesión de buceo


Bucearon hasta que la piel les avisó de que la temperatura del agua alcanzaba niveles peligrosos para su integridad física. Bueno, más bien, hasta que la torpeza dijo basta. Salieron a la arena tras haber divisado erizos, caballitos de mar, salmonetes y otros peces de dudosa identificación a los ojos de un aficionado. Tan aficionado que, al inicio de la sesión, cuando ella ya se había sumergido hacía unos minutos en el agua le divisó aún en la orilla en actitud patosa, mirando los artilugios que contenían sus manos como si quisiera adivinar el significado de un cuadro surrealista. Entre risas nerviosas, propias de quien no cae en que ha elegido compartir su vida salvaje con un urbanita sin tablas de marinero, le enseñó el simple mecanismo de colocación de las gafas de buceo y el esnórquel. Aún así, y, a pesar de la rapidez simulada con la que asimiló los preceptivos consejos, él estuvo durante casi toda la inmersión más pendiente de que la cinta no le doblara la oreja izquierda hasta hacerla reversible y de que en el intento no penetrara el agua que se acumuló finalmente en el esófago hasta convertirle en una desalinizadora humana. No hizo falta que ningún tiburón les animara a salir, la temperatura aludida fue el mejor pretexto para poner punto y final a una experiencia con sabor a sal. De fondo, chillhouse.
photo by somos

2 comentarios:

Voro dijo...

Siempre me ha gustado el mar, pero con los pies secos. Antes que bañarme, prefiero caminar por la orilla, tumbarme en la arena o tomarme una cervecita en un chiringuito mientras me quedo embobado cara el agua o haciendo como que imagino qué hay detrás de la linea del horizonte. Pero hace dos veranos estuve en la Costa Brava y todavía no se me ha olvidado la impresión que tuve cuando me metí a bucear (a pulmón libre) en el Cap de Creus. Tan acostumbrado estaba a la falta de vida de las aguas valencianas, que cuando ví las estrellas, los calamares, los salmonetes y demás bichos acuáticos me entró una mezcla de atracción y miedo secano que me impidió dejar de flotar sobre el mismo punto durante un buen rato. Estaba como paralizado y en la cabeza no para de escuchar la banda sonora de Tiburón. Efectivamente, la temperatura - que en las calas gerundeses es más bien fría - fue determinante para acabar saliendo de allí.
PD: nos vemos el jueves.

Óscar dijo...

Flotaremos entre pececillos de whisky on the rocks. Hasta entonces