miércoles, 16 de abril de 2008

Verjurado


Escribo, tecleo en este blog, sobre un tapiz virtual de tacto rugoso que imita al papel verjurado en el que deposité años atrás litros de tinta de esperanza, de trabajos entregados a destiempo, de reflexiones agarradas a la crin de un caballo desbocado que, con un galope sísmico, propiciaba trazos discontinuos, camuflados de ambición bajo el mismo foco que iluminó al hombre bala del circo. La lona de ese circo hoy está hecha jirones, el equino ha dejado de estar en celo y el papel quedó mojado en unos casos, húmedo en otros, en algún cajón, quizá.

El tacto del papel verjurado es como el de una camisa de lino almidonada, como el de la piel lavada con Lagarto, o el del bonobús de antaño, cuando los políticos ni siquiera se atrevían a emplearlo en sus cuitas electorales. Internet era para unos pocos, las máquinas de escribir acababan de dejar paso libre a Worpad y éste a Microsoft Word. El síndrome del cambio de siglo se presagiaba cinco, cuatro o tres años antes, según la versión apocalíptica de cada lobby implicado en causar alarma social. Sin quererlo, las teclas suplieron a las letras aprendidas con celo en la escuela básica; los rumores dejaron de molestar a la vuelta de la esquina al cambiarla por un cable cada vez más ancho; y las papelerías mermaron sus ventas de escuadras, cartabones, reglas, subrayadores, lápices y estuches Pelikan.

Diez, once, doce o trece años después de aquella transición, me asomo al paso del tiempo desde mi folio en lcd, recién cambiado hace unos meses porque el armatoste anterior, aunque eficaz, servil y silencioso, no cuadraba con el momento histórico del todo en un clic. Veo evolución, claro, pero me atosiga pensar en las esclavitudes de las nuevas tecnologías. Me gustaría doblar el folio, pero no puedo.
photo by somos

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