sábado, 24 de mayo de 2008

Esperas


Quien espera, desespera, reza el refrán. Pero más allá del etiquetado que porta la acción de esperar, nos podríamos retener en el interior del sujeto que se expone a tan desagradable sensación. Si la espera es individual, el poso de desesperación crece como si un automatismo pulsara cada segundo un botón que inflará un centímetro cúbico de aire del hipotético globo introducido en el interior de la persona que sufre la espera. Si el esperado es la persona amada, peor. Ahí el globo aumenta de tamaño más rápido, el cerebro dibuja tragedias propias de anuncios de la DGT, el corazón (celoso o no) se preocupa por la integridad sentimental (o emocional) del esperado, el insomnio reina donde nunca había tenido trono y la ansiedad enmarca una escena vaga, sin luz, escondida de actos reflejos, sorda, ciega, vidriosa, pastosa, seca.

Funambulista de tiempo roto, paseante de tragedias sobrevenidas, excitador de neuronas viajeras, destripador de sueños, paranoico en busca de una paranoia, velador sin cirio, sediento sin agua, náufrago sin isla donde caer muerto; quien se deja seducir por el canto tenue de las sirenas de la espera corre el peligro de pernoctar al raso de sus pensamientos más rancios. Esperad, que no he terminado. Ahora sí.
photo by marga ferrer

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