martes, 20 de mayo de 2008

La taberna


Presumía de ser referencia cervecera en un barrio venido a menos; sus paredes sostenían placas vintage de refrescos sin marca, de bebidas con logos desfasados y un espejo bigbrother sin la proyección ocre que remarcaría su antigüedad. Un perfecto collage de trastos industriales con apariencia de viejo sin nada nuevo que aportar más que la fina capa de congestión nicotinosa que comenzaban a acumular por dejadez, insomnio o penuria. Nadie, salvo el cliente que entró aquella tarde bajo el umbral de la puerta del local, reparó en la pantomima de la mentira, del bar coqueto aunque sin estilo, sin alma; de la apariencia más que de la calidad de un buen tino al servir birra en condiciones.

No estamos en el farwest, sino en la zona este de una capital sin administración que oficialice ese concepto, en un suburbio del suburbano subterráneo del submundo del adiós a destiempo. No era siquiera una franquicia, quizá lo fue, pero hace años. Nada estándar, ni el trato, ni las etiquetas, ni los clientes. Apoltronados en la fila de cinco barriles que corrían en paralelo a siete metros de barra, los vecinos más ociosos del barrio dejaban sin ventilación el lugar, orientados hacia un agujero reconvertido en cloaca o WC; sin pestañear, desnudando el generoso escote de la camarera, fumando partagas sin boquilla, tirando los huesos de aceituna al suelo y mirando al forastero como a un gorrino el día de la matanza.

Bebió, pagó, se despidió y tragó saliva. No volvió, aunque vivía en el sexto piso de la misma finca en la que se asentaba la taberna.
photo by somos

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