martes, 13 de mayo de 2008

Los caracoles de Alexia


Días de lluvia, éxodo de caracoles. Apreciados para su deleite gastronómico, los animalitos que trazan carreteras secundarias de babas, despiertan también la simpatía de quienes se preguntan, en tiempos de hipotecas impagadas y de embargos, cómo poder huir de los bancos con la casa a cuestas. Ninguno de los dos supuestos es el caso de nuestro personaje.

Alexia, una niña de 9 años amante de la naturaleza, no entendía cómo la gente podía ser tan cruel de devorar a los inquilinos de unas caracolas con vistas a las mejores plantas de jardines, bosques, acantilados de sal y prados con tejados micológicos. Durante una borrasca de un verano cualquiera, se levantó la primera para salir al jardín de la casa vacacional de los Pérez en la costa del Sol y recolectó una familia entera de caracoles que encontraron en la planta más alta de la parcela su rascacielos de vida. Fresco, con gotas de agua tan grandes como las cáscaras que arrastraban y con porciones de lechuga a su disposición repartidas estratégicamente por Alexia en cada hoja palmípeda de una variedad mediterránea del ficus, los inquilinos tenían ante sí una obra faraónica vegetal jamás soñada y con víveres para tres generaciones.

Llegó el día en que las tormentas amainaron, el sol renació con más vigorosidad y Alexia se despertó más tarde de lo habitual. Al salir al jardín, asistió a un espectáculo que marcó el resto de su infancia. Decenas de cadáveres de caracoles espachurrados contra el suelo por alguien sin alma se secaban al sol. La niña no pensó en los que sobrevivieron, sólo en volver a la gran urbe para masticar CO2, ver Barrio Sésamo, ir al cole y dibujar con ceras sonrisas imaginarias de sus amigos babosos.

Al verano siguiente no hubo tormentas, ni casa con parcela; sólo recuerdos de un jardín tapiado para construir una columna de apartamentos sin aire, sin vida, sin plantas, sin caracoles; nada.
photo by marga ferrer

2 comentarios:

AdR dijo...

Me has hecho recordar a los caracoles muertos que veía de pequeño. Ahora no los veo, quizás es porque he crecido demasiado rápido.

Abrazos

Óscar dijo...

Mi hermana los coleccionaba, yo prefería los bichos de bola (los guardaba en los armarios), hoy no los pudeo ni ver.

Saludos