miércoles, 28 de mayo de 2008

Orange, naranja


Las calles de Valencia en primavera se confunden con las estampas propias del inicio del otoño laboral, cuando las playas sólo se llenan los sábados y domingos y, entre semana, los jubilados, neomamás y parados desaprovechan la posibilidad de un chapuzón a deshora, al albur de un sol picante sin agobios. El tiempo muerto del mediodía, utilizado por bares sin carta para exponer el menú de la jornada con el que compiten en un mercado cada vez más gourmet, deja huecos de aparcamiento donde horas atrás era misión imposible abandonar el coche. Unos trabajadores comparten mantel; otros, prisas de autovía, insultos al volante, semáforos sin luz verde, salidas sin entrada, informativos manipulados en hora y miradas discretas al de al lado para ver si encuentran la suerte woodyallenesca de ver reflejado su número de teléfono móvil pegado a la ventanilla para un encuentro live en la era del chat alive. Huele a limpio porque ha llovido lo que nunca había caído en mayo; hay flores de todos los colores porque es la época y una luz diamantina que todo refleja, que obnubila al más empanado, que invade conversaciones de amor, de vecinos, de trámite, de trabajo y de resaca del verano que casi ya está aquí.

Salgo a la calle a la misma hora bruja, para mí la del aperitivo, y me topo con un nuevo reducto donde cervecear, con sitio en la barra, música soft, conversaciones sin decibelios y ruido aislado. Aquí todo es naranja: lámparas de plástico duro, sillas de épocas doradas, frutas ácidas de bar, cuadros evocadores de fronteras lejanas, exprimidores robóticos (naranjas, claro), pensamientos mezclados con realidades de un tono al que pocos dispondrían como su favorito en un test de preferencias cromáticas. Valencia es naranja, aunque no siempre.
photo by marga ferrer

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