viernes, 16 de mayo de 2008

Reconstrucción


Mientras asisto de fondo como espectador casual en la recepción de un hotel de bien a un reportaje sobre Lisboa emitido por un canal temático (segunda vez que coincido con una programación similar en menos de una semana, será porque voy a viajar a la capital portuguesa próximamente), mi pasaje interior circula ligero de equipaje entre recuerdos veintegenarios, pasaportes cercanos hacia el olvido nunca dilapidado, efluvios de vida registrados en el disco duro de lo experimentado, servicio de postín en el teatro de la apariencia, lugar de citas emocionantes a la espera de la presencia paternal, del contar sin parar, del niño vestido de corbata que, a borbotones, transmite vivencias novedosas a su progenitor; como aquellos 25 de diciembre inocentes en los que papá Noel entraba en casa para llenar de regalos el salón familiar y el protagonista de la historia saltaba el primero de los hermanos al regazo de sus padres con el fin de mostrar los presentes llegados desde el polo norte.

El tiempo y la memoria refrescan momentos, aunque no los recuperan. Resucitar no es lo mismo que revivir. Eso, me temo, sería imposible. Además, aquel que trata de retomar la intensidad de un recuerdo como el origen de éste, suele caer en la decepción más ácida, en la perturbación impertinente de lo disfrutado. ¿Acaso nadie ha intentado viajar a un lugar predilecto para sumergirse en el pasado de sus vivencias más entrañables? Es una misión arriesgada que puede derrocar el hilo argumental de una vida perfectamente ensamblada en un nacer, crecer, reproducir y morir. El aderezo de un proceso tan lineal es, precisamente, ese recuerdo, la esencia y el disfrute de la vida. Momentos que marcan la memoria de los peces, de los besugos, de los tontos, de los listos, de los seres humanos, de nosotros y de aquellos.

Rescato momentos, pero me saben a rancio, a fecha de caducidad cumplida, a cola cao húmedo, a galleta maría blanda, a berberecho verde, a cerveza turbia, a cava sin burbujas, a baño usado, a queso acorchado, a corcho mojado, a castaña pilonga, a manzana rota, a gusano, a almendra rancia, a bandera jironada, a cacahuete viscoso, a plátano pegajoso, a moho. Con todo, recuerdo, sí, y me gusta, pero miro hacia otro lado para no sufrir el ataque de nostalgia que borraría una trayectoria futura repleta de vida, de momentos, de furia.
photo by somos

3 comentarios:

AdR dijo...

"¿Acaso nadie ha intentado viajar a un lugar predilecto para sumergirse en el pasado de sus vivencias más entrañables?"

Yo lo estoy haciendo :)
Y a veces es cierto lo del cava sin burbujas, incluso necesario. No sé decirte por qué pero me ha parecido uno de tus mejores posts.

Óscar dijo...

¿No crees que es peligroso regresar a los lugares donde disfrutamos de etapas alegres en nuestra vida?, ¿no corremos el peligro de desilusionarnos o de encontrar en la diferencia motivos para la tristeza?

Gracias.

Saludos.

AdR dijo...

Lo creo, puede ocurrir. Sin embargo yo renuevo mis fuerzas para seguir adelante. No me anclo. :)

Curioso, ¿eh?
Gracias a ti.
Saludos