sábado, 28 de junio de 2008

Desarraigo


Regresar al lugar de origen después de 7 años fuera, desde otro país donde has estado rodeado de gentes muy distintas, arropado por el manto de un trabajo estable, enamorado de la vida ajena y de aquella mirada cómplice full time, anestesiado por tardes repletas de susurros al oído y desorientado por el pálpito enamoradizo de la complicidad sintonizada, debe resultar bastante difícil. Lo mismo debió pensar Emilio cuando aterrizó en la puerta de su infancia, sin pelo, con ojeras, una caries y dos maletas por las que tuvo que pagar 30 euros extras de sobrepeso en el aeropuerto de London Stansted. Allí estaba, en la letra D del tercer piso de la calle Managua, en el centro de la ciudad, sin hábitos de los que lucir, sin rutinas a las que aferrarse para tragar saliva, dispuesto a pulsar el mismo timbre de sus broncas adolescentes, onomatopeya de quejas sabatinas en el tedio de la madrugada otoñal de sus primeras salidas como adulto sin emancipar.

El ascensor de la finca era el habitáculo tosco del que se despidió para siempre; los vecinos de al lado seguían cocinando cerdo con manteca a las ocho, la del sexto repetía sus escarceos amorosos a escondidas de su marido, las ratas devoraban por las noches el rodapié del descansillo y los buzones se abrían y cerraban al antojo de los carteros comerciales que asaltaban el portal a deshora. No quería llamar pero su dedo apretó el pulsador. Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno. Nadie abrió, no tenía llave y decidió sentarse en el suelo, al ras de cinco colillas apagadas a destiempo, una cucaracha moribunda, un envoltorio de Trident y una moneda de un céntimo. Durmió, dormitó, musitó, lloró de aburrimiento y espabiló de golpe y porrazo al escuchar el gemido de dolor de una persona recién asesinada. Sin tiempo para asimilar la sucesión de aspectos sobrevenidos entre el tiempo real y el soñado el sonido de un cerrojo abierto de forma apresurada le retornó a la realidad.

Había sido testigo ciego del asesinato de su familia. Él también murió, trinchado por el cuchillo ensangrentado del anónimo que se llevó tres vidas sin atender a cotidianidades, familiaridades y vecindades.
photo by somos

1 comentario:

Anónimo dijo...

Madre de Dios!!!! que drama!!! y sobre todo, que imaginación...
del armadillo y la jaly.