jueves, 19 de junio de 2008

La pestaña


Viajé de cuerpo entero al lugar de mis recuerdos pero la configuración recogida en el terminal que registró mi llegada carecía de la identidad primigenia que abandonó la escena hace unos años, cuando todavía el mundo era una caja de resonancia sin eco, estaba repleto de oportunidades y jamás una queja era descontextualizada y convertida en insulto. Nadie era falso, las máscaras eran un bien escaso que se vendía de contrabando en el barrio viejo, donde por dos reales podías comprar una identidad nueva, una madre, una amante o un amigo de saldo.

El gueto de la mercadería de conciencias se auspició con subvenciones dinerarias llegadas de aquellos que habían leído que un mundo corrupto era posible, de los que veían cada domingo programas televisivos encubiertos de servicio público y de los que pretendían acabar con el status quo ordinario circunscrito a un día a día pulcro, sin estridencias, escaso de amaneramiento pero repleto de sinceridad.

Cayó el sol, la luna dejó paso a la sombra y ésta a nomenclaturas nuevas incorporadas gradualmente al diccionario del uso social, ése al que nunca nadie había planteado contaminar con diatribas de necios. Eran todos iguales, sí, pero no había sido necesario especificarlo lingüísticamente, nadie dudaba de que el contrario era persona, hombre, mujer, abuelo o niño.

Se quedó una pestaña en el camino. El viento me la ha retornado, la he recogido del bazar de los recuerdos. Ha llegado amarilleada, quemada de su vagar por la sinrazón, harta de estar sin mí, sabedora de que nunca más volverá a pertenecerme, lejos de sus hermanas, sola, pero me ha contado al oído todo lo que aquí he recogido.
photo by somos

2 comentarios:

AdR dijo...

Maravilloso, de una pestaña nace un recuerdo. Es de una sensibilidad que asusta.

Abrazos

Óscar dijo...

Cuántos apéndices perdemos que han sido testigos de nuestro recorrido vital... Por eso hay que respetarlos, acceder a experiencias a través de lo que nos aportan: síntesis evocadora de momentos.

Saludos.