domingo, 15 de junio de 2008

A pájaros


Mediados de los ochenta. Pueblo del interior de la provincia de Zamora. Vacaciones de verano para José Luis, un adolescente rudo, grandullón, noble, humilde y bonachón. El 11 de agosto es su cumpleaños y recibe de su abuela un regalo adaptado a las prácticas púberes de aquel entorno rural: una escopeta de balines. A lo largo de las últimas citas estivales el mozo había cogido la costumbre de acompañar a los lugareños de su misma edad a una macabra misión para un cerebro forjado en la estampa urbana del cemento permanente, de los árboles carcomidos por la polución y del gorrión como ejemplar insólito a mimar entre la maraña de cláxones, tubos de escape, hormigoneras, martillos, compresores, fábricas, chimeneas y humos de dudosa procedencia de la ciudad.

Se iba con ellos ‘a pájaros’, que no era precisamente ir a catalogar variedades de animales alados para elaborar un informe biológico de la zona, se trataba de enfundar escopetas de aire comprimido para cazar presas inocentes, como los gorriones que José Luis mimaba en la urbe. Lo hacía para que no se quedara en entredicho su incipiente lado varonil en aquel entorno de tradición machista, para probar instintos de comportamiento diferentes al maniatado actuar de la ciudad. Quería, al fin y al cabo, ubicarse al límite de sus principios innatos y comprobar hasta dónde era capaz de llegar.

Pardales, carboneros, tordos… cualquier presa era buena para una tortilla o un guiso de patata. Al cabo de una tarde en la que acompañó a Armando, experto cazador de pájaros, comprobó cómo éste cuajó el buche de doce animales con el garfio que portaba en su cinturón, sin piedad, frío, mecánico. José Luis hizo alguna salida más, pero la última le marcó tanto que dosificó la calidad cinegética de sus sucesivos acompañantes, optó por ir con inexpertos urbanitas como él para evitar asistir a nuevas masacres.

Pasó el tiempo y la escopeta de balines que le regaló su abuela hoy duerme en un arcón, olvidada, oxidada, rota por el desuso. La utilizó, claro, pero no para matar pájaros, sino como herramienta de puntería. Agujereó durante unos veranos cientos de latas de Kas, Canada Dry y Sprite; taladró sin piedad los canalones de la casa de su abuela; apuntó el zumbido volador de decenas de abejorros; marcó con su estigma de cazador de objetos miles de tejas y creció lo suficiente como para cambiar la escopeta por la bicicleta primero, el Vespino después y una C15 al final en sus primeras incursiones nocturnas por las fiestas patronales de los pueblos vecinos.
photo by somos

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