jueves, 14 de agosto de 2008

Barcelona 92


Cuando se conoció, poco después de los JJOO de Los Ángeles 84, que Barcelona acogería la cita de 1992, experimenté una sensación vertiginosa relacionada con los cálculos matemáticos. En un trayecto en coche con mi progenitor, eché cuentas sobre las edades que tanto él como yo tendríamos cuando la ciudad condal se abriera al mundo. 16 frente a 52, qué mayores, cómo podríamos acudir a la cita olímpica sin ser un niño y sin ser un padre, o sería más niño o sería más padre, o menos padre y más niño o más padre y menos niño, adolescente quizá.

Por aquel entonces, en 1987, acordamos que viajaríamos a Barcelona para ver los JJOO, tan cerca de casa había que aprovechar la circunstancia para ver en primera fila los sueños olímpicos, la verdad de la competición, la mentira de la televisión, la autenticidad de los atletas, la artificialidad del directo, la falsedad del dopaje, la manipulación de la inocencia hecha espectador, la injusticia del deporte de competición, la ausencia de principios, el resabiado beneplácito político para justificar una buena gestión de los recursos públicos.

Cuando tenía diez años pensaba en cómo sería con 16, en ver unas olimpiadas de cerca, en estar allí con mi padre, en vivir una experiencia inolvidable. No fui y me alegro. Prefiero saber que las cosas fueron de otra forma a como son ahora que las interpreto con la nitidez del niño que descubre que alguien que le regalaba cosas todos los años no era un ser procedente del Polo Norte, sino sus padres.

El deporte era más bonito antes, cuando la edad del receptor no había rebasado la del emisor de vibraciones, cuando se accedía a la competición a través de una mirilla cinematográfica, sin conocer que los protagonistas eran eso, actores de pacotilla con malas prácticas auspiciadas por los jerifantes de banderitas, de batallitas, de guerritas del siglo XXI que pagan por ver espectáculo a cualquier precio.

1 comentario:

Anónimo dijo...

óoleee por el cobi-92 y tu comentario. :)))
muak.