lunes, 18 de agosto de 2008

Mojácar, entre dos siglos (I)


La magia de aquel lugar nos conquistó desde el día en que improvisamos nuestras primeras vacaciones. Éramos jóvenes, estábamos recién casados y llevábamos en el asiento de atrás una niña de un año. Aún así, nos atrevimos a salir de Madrid sin organizar el viaje, iríamos hacia el sur, a la provincia de Almería y nos detendríamos donde más nos gustara, sin el agobio de los atascos ni las prisas de la capital. Era octubre, por lo que tampoco tendríamos masificación estacional allá donde fuéramos.
La carretera era lenta, con un tráfico considerable de camiones, pero no importaba, íbamos sin prisa, masticando la libertad salvaje de nuestra aventura. La pequeña se despertó sólo para pedir su sustento, era tan buena…

Tras once horas de carretera, nos desviamos hacia una zona de playa, tal y como indicaba un cartel escrito por algún lugareño interesado en que los turistas de nuevo cuño llegáramos a su establecimiento. Ya era de noche, percibimos una humedad anormal y poco más. Casitas aisladas, algún coche que otro que se cruzó en nuestro camino y la música del Sonido de Philadelphia en el radiocassette. De repente, a lo lejos, entre las colinas que se adivinaban a la derecha del coche, en el lado opuesto a la línea de un mar que empezábamos a olfatear de cerca, divisamos una colmena de lucecitas azuladas, embaucadoras, amigas exclusivas de una luna casi llena que pedía paso entre la oscuridad de la noche. Nos propusimos llegar hasta allí, animados por la magia invisible del entorno y la necesidad de poner fin a nuestro trayecto, aunque fuera por un día, para descansar.
photo by somos

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