domingo, 17 de agosto de 2008

Un texto más


Tendemos a pensar, en ocasiones, y lo afirmo por el mismo sentido que abarca el escrito, que somos diferentes o que presentamos particularidades que nos definen por encima de otras personas. Cuando nos dejamos arrastrar por pensamientos profundos, aquellos que no solemos compartir con nadie ni pensar en alto, caemos en el error frecuente de creer que alcanzamos dimensiones de inquietud más allá de las que otros abarcan o que trazamos pareceres originales en cuanto que inéditos. No, no es retorcida la reflexión, ni exclusiva, que ya se ha dicho. Tampoco pretendo acceder a un plano virgen jamás tratado por ningún escribiente con tiempo, sino reflexionar sobre una cuestión que me asalta últimamente, influido quizá por alguna lectura veraniega de última hora.

Cuesta creer que no somos imprescindibles, o que nuestra aportación a la humanidad, más allá de las proezas de superhéroes del saber, del deporte, de la cultura o de la historia, es un mismo repetido de pensamientos, reacciones y actitudes. Un refrito de vidas recreadas en estereotipos de comportamiento, privado y público, que enriquecen el sentido de la sociedad y el de los roles que nos toca desempeñar en ella. Nadie puede creerse lo suficientemente paranoico como para tener exclusividad de pensamiento y mirar por encima del hombro al de al lado. Hoy está de moda el misticismo con olor a incienso, mañana regresará el pesimismo aséptico, quién sabe, pero nada nuevo.
photo by marga ferrer

3 comentarios:

AdR dijo...

"Cuesta creer que no somos imprescindibles"... sí, señor, ese es el mayor miedo y tormento del Hombre. Por eso somos tan desgraciados. Pero que bello ¿verdad?

Abrazos

maRia dijo...

Muy certero.
Todos tenemos envoltorios distintos, composiciones distintas, pero en el fondo, todo dios quiere lo mismo: sentirse querido, valorado, apreciado.
Si no que se lo pregunten a todos los blogueros, youtuberos, flickeros...
:)

Óscar dijo...

Adr: más que desgraciados no somos capaces de imaginarnos en un mundo sin la etiqueta de exclusividad que nos asignamos por pertenecer a él. En fin, ¡qué filosófico! Saludos.

María: siempre sufrimos por los demáe en cuanto que ese sufrimiento nos concede el protagonismo en calidad de sufridores. No sé si tiene que ver con lo que digo, con lo que dices, pero casi. Viva el ombligo, siempre que sea democrático.

Gracias a los dos. Saludos :-)