miércoles, 17 de septiembre de 2008

Efe-i-ene


Padecía el síndrome de la hoja en blanco, soñaba con el parpadeo del cursor sobre un documento Word abierto. Ahogaba las horas de insomnio con infusiones aromáticas que dejaba enfriar absorto, con la mirada perdida hacia el monitor que lo envolvía. Tenía muchas ideas, a cual más brillante, pero siempre le sobrevenían desarmado, carente de los medios necesarios para plasmarlas por escrito. Podría haberse olvidado de tamaña obsesión si para él no fuera tan importante recetar reflexiones. La rojez de sus ojos se avivaba cada noche. Las venas alteradas, las cerillas que los mantenían abiertos y la sequedad de sus lagrimales dibujaban una frustración obsesiva. Se encerró en su miseria y no supo escribir por qué. Dejó de afeitarse, comía lo justo para sobrevivir, descuidó su higiene, se aisló, como anacoreta miedoso. Mientras el tiempo pasaba, el cursor parpadeaba, parpadeaba, parpadeaba. Silencio. No quiso hablar más, quedó mudo. Sin palabras que contar, sin escritos, sin comunicarse, cayó en la locura. Sufrió episodios de ira hasta que rompió el marco que decoraba su vida, apagada después de escribir ‘fin’.

2 comentarios:

AdR dijo...

Por un momento me has retratado en una etapa de mi vida... y no recuerdo si muy lejana, no.

Abrazos

Óscar dijo...

Deduzco que tuvo un final feliz...

Saludos :-)