viernes, 3 de octubre de 2008

De noche


A la hora gata, el suelo rezuma trasiego de coches, alquitrán restregado sobre dientes de granito diamantino. De lejos llegan voces gangosas enmarcadas en vidrios de colores insonorizados. Me tapo los oídos y escucho mi caminar como onomatopeya de un cascanueces, saco de huesos en baile al son del martilleo de unos pies cada vez menos acostumbrados a pisar los reductos de la noche. Giro la esquina mientras pienso en mis cosas, las que no cuento a nadie, secretos de insomnio urbano, inquietudes jamás pintadas, hoy escritas.

Una nueva calle, nuevas oportunidades para la experiencia. Sin querer, empujo a un yonqui que discute con una meretriz, o al revés, da igual, la vida se pudre por una papela. Cuando consigo zafarme de la riña elevada a grito de espanto vecinal me doy cuenta de que deambulo confundido, arrastrado por la inercia de los que anduvieron a esas horas días atrás, semanas, años. Entre escombros, colillas, cagadas de perro, marcajes de gato, condones y esquirlas de vidrio siento el pavor de miradas atentas que no se desvelan, celosías de placer voyeur sobre mi nuca, bombillas hitchcockianas apagadas a tiempo y risas desvanecidas al fondo, en la calle de la alegría, del tengo de todo pero ahora vengo y no vuelvo. En la ciudad, las agujas del reloj de la noche siempre giran en un sentido oblicuo, hacia donde caemos y nos torcernos para siempre.
photo by marga ferrer

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