sábado, 8 de noviembre de 2008

Por cinco minutos


Le gustaba llegar a sus citas con cinco minutos de antelación, así podía ir al baño a orinar si la persona a la que esperaba era importante, algo que le ponía los nervios a flor de piel y la vejiga en estado de eclosión inminente. Esta era una de esas veces; había logrado quedar con ella, con el hada que había entronizado sus sueños infantiles, sus vacilaciones húmedas entre sábanas de púber, la reina del mambo, musa de escenas fingidas, de escritos perdidos en carpetas de desorden, de pensamientos ocultos en diálogos para sordos, en miradas vidriosas de trayecto incierto.

No sabía si el sitio era el adecuado, una cervecería de solera en el centro de Madrid, alimentada por voces eufóricas que reclamaban cientos de cañas un sábado por la tarde cualquiera del otoño capitalino. Encontró cobijo en una mesa parapetada al fondo del local, entre barriles disecados, serrín, cabezas de quisquillas, servilletas moqueadas y chapas de bitter. Un frío carnívoro, alimentado por la temperatura estéril del mármol sobre el que vacilaban sus manos, le impedía reconciliar la razón con sus gestos. Era la hora, se levantó apresuradamente, avanzaba entre risas y codazos de recesión dosmilochesca; ido, sonámbulo, estúpido. Cinco minutos son muy largos.

Cuando el hada llegó, en la mesa sólo quedaba el halo de cobardía de un soñador a la fuga.
photo by somos

4 comentarios:

Anónimo dijo...

desde luego,vaya cobarde no?
:)
muak.

MiKel Ponce dijo...

Bonito relato Oscar, esta cervecería me suena, a ver si volvemos...

Óscar dijo...

Gracias, don Mikel.

El continente es lo de menos, lo importante es saborear el contenido, todo es cuestión de organizarse...

titiritera dijo...

ains, que pena! puede que a veces la vida sea un riesgo, y que atreverse a vivir no este hecho para todos, pero es que con la cobardia se pierde uno todo :(. Besitos.