domingo, 14 de diciembre de 2008

La matanza


Toco el barrote de la cocina vieja que mantiene en vilo dos trapos roídos por el uso y está frío, me deja en la mano un olor metálico, el mismo que desprenden algunos bastones de época, candelabros, cazuelas y morteros que fabrican ungüentos de sabor astringente, del que se contagia el caldo que calienta el estómago en los días que preludian el invierno en su versión más cruda.

Es tiempo de matanza, la del marrano, claro, de compadreo entre casas de pueblo, donde ayudar al prójimo es algo habitual sin que haya que colocar medallas al mérito en momentos de egoísmo generalizado. Por unos días aparcan el qué dirán, ahora hay que juntar las manos y matar al cochino, vaciarlo, colgarlo para que pase la noche bajo una helada mesetaria, entripar los chorizos y los salchichones, adobar la carne con la que alimentar la despensa, probar, charlar, beber vino cosechero recién sacado de la cuba, encender la lumbre que humeé las viandas recién encordadas, colgar los jamones y las paletas, hablar del tiempo, de lo poco que Pepe va al bar, jugar la partida de tute con la recompensa de la gratuidad del café para el ganador, esconder los pies bajo la mesa camilla, arrimarlos al brasero de la leña quebradiza recién extirpada de la cocina de bronce, la que ahora ya funciona a pleno rendimiento, sobre la que hierve el agua que sanará las tripas y las patatas que enmarcarán el plato de asadurilla.

Los mofletes arden, coloreados por el calor artificial que es cortado por los cuchillos del viene y va de la puerta, del ajetreo de quince personas que no cejan en su empeño por sincronizar el dictado de la tradición. Tiemblo al pensar que llegará el momento de irse a dormir, a la cama planchada por lenguas de frío castellano, alejada del calor del corazón de la casa, sola, húmeda, tiesa. Dentro de unos meses, cuando las primeras viandas lleguen a la mesa, ya en la ciudad, saborearé el éxito de haber contribuido a mantener viva la matanza, aunque sea desde estas líneas que la abordan en la distancia, agarradas al recuerdo de haber participado alguna vez en tan singular manifestación humana.
photo from www.focarei.net

4 comentarios:

titiritera dijo...

¿sabes? te he leido con una sonrisa porque una vez asistí a una matanza, en el pueblo de mi padre, y el ambiente era tal como tú lo has recreado ;D. Besitos

AdR dijo...

Yo, como titiritera, también asistí a una, aunque me quedé un poco al margen, tenía 10 años y me bastó con oír los chillidos del animal, qué mal rato...

Fue así, como lo has escrito :) Ahora ya no se hace en el pueblo de mí abuelo.

Abrazos

Óscar dijo...

titiritera: ¿volverías?

adr: ¿volverías? la verdad es que las buenas costumbres se van perdiendo y lo del chillido del animal, es cierto, espeluznante, quizá por ello lo censuré en el escrito. :-)

Saludos a ambos.

titiritera dijo...

:D si fuera por el ambiente si, sin dudarlo, pero me dio mucha penita del animal, recuerdo encerrarme en el baño con las orejas tapadas y aún así oirlo. Luego está todo muy rico... volvería justo cuando ya estuviera muerto ;D. Besitos