jueves, 15 de enero de 2009

El apocalipsis (del papel)


“El fin del mundo está cerca”. Esta frase tan apocalíptica la escuché en mi tierna infancia en numerosas ocasiones. La pronunciaba con bastante frecuencia mi abuela, normalmente cuando veíamos la tele juntos y ella detectaba a mujeres ligeras de ropa, escenas sexuales explícitas en horarios infantiles, fragmentos de guerra procedentes de oriente próximo y de sudamérica y otros minutos de gloria para guardar en la videoteca de las emisiones ochenteras. Superado el trance y la resaca del destape iniciado entre finales de los 70 y los años mentados, y después de que los 90 prepararan el camino tecnológico al otro destape que nos toca vivir, el ciberespacial, asistimos como espectadores a la incertidumbre de la supervivencia de los soportes de expresión tradicional.

La ruleta del destino depara un futuro caduco al papel en el que se imprimen libros y periódicos como recurso inevitable para la permanencia del contenido por encima de la ruina de sus editores. Nadie se atreve a poner fecha pero la sensación apocalíptica de lo que significará comienza a extenderse como la pólvora. Es este momento cuando toca reivindicar el protagonismo de escritores y periodistas por encima del de sus atemorizados señores, los que pagan el papel y ven cómo las cuentas han dejado de cuadrar desde que el siglo XXI pidió paso. Démosle vueltas a las fechas, pero será difícil encontrar argumentos convincentes entre quienes todavía hoy defienden la preexistencia del papel, al que auguran eterna juventud.

PD: El apocalipsis del papel trasciende las fronteras de su presencia física y causa efectos secundarios. Ya existen conversores de formatos web en ‘pdf’ para que nadie se quede sin los contenidos publicados en el ciberespacio frente a un virus global, un apagón informático o un reseteado hacker.
photo by marga ferrer

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