domingo, 11 de enero de 2009

El mando


Sin ganas de hacer nada, con agujetas de deportista dominguero, se levantó para recorrer los doce metros que separaban su dormitorio del salón y arrastrarse cual anguila hasta el sofá con chaise-longue. Su campo visual se reducía a un televisor de 42 pulgadas, una estantería perfectamente alimentada por libros de coleccionista frustrado jamás desenvueltos de su plástico promocional, las carcasas de las películas que alquiló hace seis días y que aún no había devuelto, un plato con migas lamidas por el gato de la cena de fondo de nevera que improvisó anoche, una foto sin marco de cuando tenía pelo, un vaso manoseado del cubata que bebió antes de ir a dormir, un cenicero con once colillas devoradas, retorcidas y amarilleadas, y el mando, ¿dónde estaba el mando?

Una sensación de ansiedad le comenzó a devorar, había conseguido sentarse en su trono, pero se le había olvidado rescatar el mando de la tele antes de acomodarse, tendría que levantar su culo de tan privilegiada ubicación, la del domingo inerte, holgazán, perezoso y vago. No le quedó más remedio, el aparatito lo localizó, tres minutos después, sobre la esquina del mueble principal del salón, escondido entre un kleenex usado, dos pilas y el paquete de tabaco de reserva. Movió su cuerpo con resignación y tropezó con los zapatos empolvados con los que fue a trabajar el viernes. Sin reflejos, ni capacidad de reacción, se dejó la sien anclada en la mesa de centro.
photo by somos

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