sábado, 11 de abril de 2009

En el vagón


Vamos a casa de Ander, que no están sus viejos y podemos beber. ¿Tienes a Mando Diao en tu móvil? Sí, pero no es la última canción. Da igual, ponlo a todo trapo, anda. Vamos por esa boca de metro, que no hay taquillera. Ya estamos dentro. Pero, ¿qué hacéis?, ¿por qué habéis apretado el interfono? Ahora vendrá el segurata y nos pedirá los billetes, parecéis tontos. Uf, menos mal que ya llega el metro, corred...

Aquí es donde entro yo en escena, voy sentado en el mismo vagón en el que tres chavales de unos quince años acaban de entrar con la respiración acelerada. Uno lleva colgado el teléfono móvil del cuello. Es inevitable encontrárselo, no por las dimensiones del mismo, que hoy en día los hacen ya de tamaño diminuto, sino por el ruido que sale de su pequeño altavoz. Lleva una música casi indescifrable, el elevado volumen que proyecta el aparatito convierte los acordes y las voces en un ruido distorsionado. Al menos es lo único que se escucha, más allá de la cantinela enlatada de la “próxima estación, correspondencia con las líneas…”. Les gusta ser el centro de atención, ¿a qué chaval no le mola? –me pregunto-.

Llega el convoy al destino de los tres urbanitas. Entre collejas, zancadillas, insultos por tics de verborrea juvenil y un pisotón que uno de ellos me propina sobre mi zapatilla New Balance ochentera sin pedir disculpas por ello, Mando Diao desaparece. La casa del viejo de Ander será la nueva escena que algún día pensaré en describir. Próxima estación: Retiro.

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