martes, 12 de mayo de 2009

Viajeros al tren


Allí estaba ella, tan puntual como siempre, con ganas de abroncarle por llegar cincuenta y ocho segundos tarde. Él, por esta vez, no se apresuró. Le daba igual prorrogar una charla cuyo contenido sería idéntico si sumaba ochenta segundos más. Decidió quedarse frente a ella, entre codazos y pisotones, ensimismado, mudo. Encendió un pitillo, el último de una cajetilla estrujada por el roce y el sudor de su cuerpo. No quiso retirar la mirada de unos ojos que presumía cada vez más irritados, quizás la ira había alcanzado ya la parcela de la paciencia. Él, tranquilo; ella, desesperada.

Quedaban cinco minutos para que escucharan la leyenda de ‘viajeros al tren’, pero quería más, no deseaba someterse de nuevo a su antojo maniático. Saboreó la nicotina del cigarro hasta que la colilla se quebró en dos componentes amarilleados, desgajada por caladas intermitentes de famélica absorción. La pisó mientras cogía impulso con la otra pierna para comenzar el avance hacia el lugar de su redención.

“¡Viajeros al tren!”. Quedaban tres minutos para que el tren efectuara la salida, cinco segundos para que llegara frente a ella cuatro, tres, dos, u…¡Ya era hora de que vinieras! Siempre me haces lo mismo, estoy harta de esperarte, vamos a perder el tren, ¿qué te pasa?, por, ¿por qué me miras así? No te miro de ninguna forma, te he observado durante un tiempo desde el otro lado del andén y he decidido no subirme a ese tren. No es el mío, sé que no lo voy a perder. Déjame en paz.
photo by somos

2 comentarios:

Marcela dijo...

Era una decisión que se debía tomar. No estaban destinados a subir los dos a ese mismo tren.
Me gustó mucho.
Beso.

Óscar dijo...

Lo malo es que las decisiones a veces se silencian para no defraudar a un tercero... Hay trenes que viajan llenos de vacío.

Gracias. Besote