domingo, 22 de noviembre de 2009

El reencuentro

No supo cómo quitarse de encima la interpretación que su mejor amigo, al que no veía desde hacía trece años, hizo de su persona. El tiempo había trabajado en cada uno de ellos de forma castigadora, pero más físicamente que con otras de las cualidades susceptibles de ser baremadas en el reencuentro.

Estaba triste, había dejado de ser el confidente de aquel gnomo barrigudo con el quedó una tarde de abril. Se había convertido en sombra de lo que fue y el caperuzo simbólico de los prejuicios que lo encerraban se cebó con la visión distorsionada que delataba la falsedad de su comportamiento. Lo vio reflejado en los ojos vidriosos que lo examinaron, bailadores de twist a cada golpe de palabra compartida; cumplidos y más cumplidos en una bañera sin tapón.

Había cambiado, pero no lo suficiente como para que él sintiera las punzadas de aquella visión maléfica de su proceder. Si por algo se caracterizaba era, precisamente, por ese sexto sentido que le permitía reconocer a las personas y a sus amigos de forma especial. Olía comportamientos, intuía cómo era visualizado por otros ojos, leía la información que procesaba quien caía en la injusticia de interpretarle como lo que no era.

Le cayó una condena terrible: cadena perpetua, encuentros cero. No volvería a ver a su amigo. La tarde, el tiempo y el desánimo de sus rutinas dispares, hicieron el resto.
photo by marga ferrer

1 comentario:

Nuria dijo...

Es frecuentemente indeseable lo que describes. PD: Apuesto una cerveza doble a que adivino el lugar donde está hecha la foto!!! jajaja...