jueves, 17 de diciembre de 2009

La obra


El sol se cuela por el quicio de una de las fincas semiderruidas del centro. Los inquilinos de las viviendas aguantarán hasta que se les caigan encima o hasta que el propietario se dé cuenta de que con esta crisis no habrá forma de venderlas bajo las expectativas que se creó cuando la burbuja latía. El tiempo es gélido, las bufandas intercambian mensajes entre sí, lenguas secas sin aliento que se entrelazan por la acera ignorando el gesto de sus portadores, egoístas que usan la calle para deambular, viajar o cruzar sus destinos sin pensar en nada más que en cosas sin repercusión en los medios. Bueno, alguno coge el móvil y efectúa una llamada para alejarse de ese momento íntimo que significa pensar. El de más allá se afana en practicar una visión de 360 grados de inspiración fotográfica; impresionismo tecnológico al abasto de quienes utilizan la escena como plataforma de creación artística, del paso del tiempo medido por negativos digitalizados. Y el grupo más nutrido, el que ha soltado el ancla en los tres metros de luz solar que se abre paso en la plaza emite un murmullo silencioso que corta la monotonía.

Son los jubilados del barrio, que asisten atónitos a la evolución de las obras de construcción de un aparcamiento subterráneo. Los operarios que trabajan en el agujero lo hacen con el prestigio del que se sabe observado, como cuando un aficionado juega al tenis o al pádel y alguien se detiene unos segundos para ver la torpeza que gasta con la raqueta. Por unos segundos se ve a sí mismo como si fuera Nadal en la pista central de Roland Garros. Un operario, que debe de ser el jefe de obra por las instrucciones y los ademanes que propaga hacia las hormiguitas, aprovecha su minuto de gloria para encenderse un puro. El humo se detiene en el aire, mezclado con el viento acuchillado que mastica el ambiente hasta llegar al alcance olfativo del público asistente. Uno de los jubilados dice: “Creo que las casas no soportarán una obra así. Mañana se caen. Me voy a pasar la Nochebuena a casa de mi hijo”. La respuesta de su resabiado compañero de graderío callejero le contesta: “Cobarde”.

Fin (de una escena callejera cualquiera en invierno) .
photo by marga ferrer

1 comentario:

andresper dijo...

La "Pelota de Golf". Esa es la cuestión; si se olvida o se golpea. Pronto sabré mi respuesta ,para poder continuar "la obra". Seguramente, en tus manos esté mi ayuda.