Las fotos retrataban ídolos, instantes fugaces recopilados en papel, tiempos retenidos en marcos, recuerdos refrescados de forma tangible. La música nos convertía en Diógenes de la melomanía, decorábamos casettes a imagen y semejanza de los logos del grupo de turno, elevábamos los vinilos a la categoría de altares de devoción musical, traducíamos ahorros en gestos de emoción y saboreábamos esos gestos como gestas por haber obtenido el objeto fetiche, el vinilo comprado en Madrid Rock el mismo día de su lanzamiento o el maxi-single con el que pinchar a 45rpm el tema que descubríamos por primera vez antes de aprendérnoslo de memoria.
La era digital ha enterrado esas emociones y las ha sustituido por otras. Ya no tiene sentido valorar una fotografía, no pesa tanto la exclusividad de tener algo cuya inmediatez ha dejado de ser retenida en la propia instantánea. ¿Para qué sacar una foto de tu ídolo a 100 metros de distancia si puedes poner en Google su nombre o leer la información referida a su llegada a Barajas, descargártela e imprimirla en papel? Es una suerte, desde luego, pero el valor fetiche de disponer de ella como un tesoro ha desaparecido. De hecho, es muy fácil tener miles de fotos guardadas en el ordenador y disfrutarlas sólo en el momento en que son sacadas. Pocas veces se rescatan las carpetas de almacenamiento para verlas de nuevo. Es aburrido.
Lo mismo ocurre con la música. Basta poner el título que hace años era una rareza en el buscador de Spotify y en tres segundos estar escuchándolo. Hasta el punto, de encontrarse frente a la aplicación musical y ni siquiera saber qué canción escoger ante tal aluvión potencial de artistas y títulos. El romanticismo se ha fugado.
Estamos desapegados. El usar y tirar se ha extendido a hábitos de consumo que hace años saboreamos a ritmo de slow-food. A mí me siguen gustando Depeche Mode, pero machaco tanto sus temas, accedo a tantos títulos de otros artistas, es todo tan fácil que me he convertido en un consumidor ávido de descubrir más y más música sin apreciar el peso de sus letras ni el tiempo que habrá significado producirla.
Vivimos un tiempo en el que ya no se escriben cartas, ya no se llevan bolsas de vinilos, ya no se sacan fotos. Todo es móvil, todo es fugaz, todo es efímero. Desapego exprés.
Photo de Coque Malla by Marga Ferrer
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