Lo he pulsado porque los lunes siempre son iguales, por eso de cambiar la rutina y de ser el niño rebelde que aprieta un pulsador prohibido destinado –en teoría- a utilizar sólo en casos de emergencia.
Por pulsar el botón rojo he conseguido blindarme de la última versión lunática del mes de agosto, del óxido compartido del regreso, de la vacación sostenida con pinzas, del claxon impertinente, del quién da la vez del otoño o de los tráiler cíclicos de esta crisis estructural.
Mañana todo volverá a ser igual, pero sólo quedarán tres días para el viernes. Así nos han enseñado a vivir.

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