miércoles, 31 de agosto de 2011

El mosquito


Un mosquito te despierta en el conticinio de la noche y nadie se da cuenta de que caminas hacia el insomnio en medio de una batalla psicológica que conecta dos mundos, el tuyo y el del insecto, hasta que consigues aniquilarlo o hasta que te chupa la sangre. La tercera vía es que se den ambas circunstancias con unos factores ordenados por la lógica previa al rígor mortis.

Dejas la luz encendida, te reincorporas y te sientas en la cama con la espalda apoyada en el cabecero. Observas preso de la obsesión y del pánico todos los rincones de la estancia, descubres pelusas en los vértices de las paredes, encuentras con la mirada el cedé que creías haber perdido, revisas los lomos de libros leídos cuando dormías en una cama de 90. Ni rastro del mosquito.

La luz encendida no impide que los párpados pidan paso para cerrarse. El mosquito percibe que le llega una nueva oportunidad para hacerse con su dosis de sangre e inicia la maniobra de descenso desde el quicio de la puerta del armario. En duermevela, escuchas otra vez ese maldito zumbido que ya echó el ancla en lo más profundo de tu tímpano hace más de una hora. Sudas, te enojas, el corazón acelera el compás, deseas matar…

A la mañana siguiente tienes un rosario de picaduras en oído, espalda y pies. Ojeras. Sueño. Acidez. Hambre. Te conviertes en un mosquito. Fin.

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