Contar los camiones que transitan en sentido contrario para
aligerar la losa que significa un viaje de larga distancia en un Seat 132 es un
ejercicio de supervivencia. También imaginar el número de habitantes que hay en
los pueblos de la nacional, que atraviesa el vehículo en su tránsito hacia una
zona rural reseca, difuminada por el carboncillo del dibujante urbanita que
sólo regresa al entorno que le vio nacer cuando el calendario le recuerda el
olor a clavel barato de cementerio.
Volar con la imaginación sin terroristas suicidas a bordo es
divertido mientras el pasaje que te llena de ilusión evocadora contenga fecha de regreso. Si quieres, también puedes subir al autobús que te lleva al
colegio de lunes a viernes, o elegir aquella mañana en que el edificio tumbado
con ruedas y 60 asientos dice basta en mitad de la artería principal del barrio
porque una nevada de calado histórico le impide circular más allá del blanco.
Escribir es evocar, la esencia de la reconstrucción de
momentos, el apellido de este blog y una vía para cabalgar entre el
pasado y el futuro, de situarse ‘por encima del tiempo’, frase construida en
aquella reunión de reencuentro tardouniversitario en Madrid, cuando las bodas
de los amigos tenían el acento de la novedad y la verborrea todavía conservaba
el aliento al Dyc de las grandes ocasiones. Entonces dijimos que cada uno describiría el significado que
le daríamos a ese complemento conceptual. Sin duda, vestimos el discurrir de la
vida como nos han enseñado a no hacerlo (o sí): ‘por encima del tiempo’.

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